33ºNúmero de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf
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Juan 15: 12-17: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos, si cumplen lo que les mando.
Tener un amigo Juan, llamado Juan, para mí es predilección. No son iguales todos los Juanes. Aunque hay muchos Juanes entre mis amigos. Mis mejores amigos se llaman Juan. Hace unos días que fue San Juan, y aquí en Catalunya se celebra con hogueras y petardos y fuegos artificiales. Tengo a mi amigo Juan Herrada Sabio, y a mi otro amigo, Juan A. Herdi. Después ya no tengo relación con ningún otro Juan, salvo a mi amigo Juni, que hace tiempo que no veo. Yo daría la vida por estos tres Juanes, y por algún otro Juan también lo daría. Mi tío fallecido hace un par de años se llamaba Juan. Y he cogido tremendas borracheras, pero eso es lo de menos. Mi tío era el típico tío que es forever young. Siempre joven. Pero no es lo mismo un Juan que es tu tío, a otros Juanes que son amigos. Aunque mi tío era como un amigo. Un Juan es amigo y en su brazo tiene el pan. Un Juan es hermano de corazón y no hay mar sin su sal. No sé porqué razón me llevo tan bien con los Juanes. Quizá sea porque son amigos de verdad y no tienen ningún temor hacia según qué cosas. Recuerden Juan sin miedo. También hay otros Juanes que admiro, uno, es Juan Rulfo, y el otro, Juan Carlos Onetti. Pero las cosas no son tan sencillas como parecen. Ser un Juan por el que da la vida por ti, es como en la última cena. Repartir el pan y el vino. Llegar a ser un Juan es llevar consigo la lealtad. Ser Juan es verdadera fuente de la amistad, al menos para mí.
Cecilio Olivero Muñoz
Prosimetrap, 2023
Universo de letras
Montaigne escribió en el prólogo a sus Ensayos que él mismo era la materia de su libro. Habrá quien afirme que cualquier autor-persona está siempre presente en su obra, que ésta se constituye irremediablemente en su espejo. Así es como se ha estudiado al fin y al cabo la literatura, partiendo del propio autor, de su biografía y de sus traumas, aunque ahora hay nuevas perspectivas. La literatura se convierte de este modo en el testimonio de una vida. Entiéndase vida también como el cúmulo de emociones y sentimientos. Por otro lado, si entendemos la escritura como diálogo entre un escritor y un lector, ambos en su más absoluta soledad, sin que importe que entre ellos haya distancia física o vivan incluso en tiempos distintos, entonces qué duda cabe que el autor y sus fantasmas se constituyen en el tema de la conversación, aunque aquí el interés estriba también en cómo interpreta el lector lo que le comunica el escritor y cómo aquel lo asume y adopta en su experiencia vital propia.
Todo esto resulta tal vez más evidente en la poesía, prosa poética incluida. La poesía, nos dice Cecilio Olivero, «se diluye entre tiempo y sueño». Por tanto, el testimonio queda a merced del tiempo –el sentimiento es emoción madurada por el pasar de los años– y el sueño, parafraseando (mal) a Goya, contribuye a que los fantasmas propios se vuelvan monstruos. Aunque monstruos compartidos.
Haber comenzado con Montaigne pudiera indicar que esto de la literatura del yo o literatura testimonial tampoco es algo nuevo, ni lo sería la autoficción, nuevas etiquetas inútiles más allá de las meras referencias académicas. La literatura es sobre todo mestizaje, más en estos tiempos extraños. Pero al fin nada es nuevo y la originalidad supone también volver una y otra vez al origen, que es a lo que se refiere strictus sensus la palabra. Todo ello nos lleva a reconocer que estamos ante un libro de análisis de la identidad propia, de exploración íntima, con una voluntad de revelar y exhibir lo que uno arrastra, en este caso lo que arrastra el autor, y confrontarse a lo que uno es. Esto es, mirarse a sí mismo y compartir esa mirada. No es casual que el libro se cierre con un apartado titulado Los espejos. El autor nos expone a golpe de verso y de prosa los fantasmas propios, pero que también son colectivos, aun cuando cada cual los viva a su manera.
Nos encontraremos con temas eternos, como la soledad, el miedo, la conciencia de sí mismo, la fragilidad y las dudas, las relaciones interpersonales o el desamor. Todos estos temas aparecen hilados por un sentimiento profundo de malestar, que sin duda a muchos lectores va a perturbar, que es función también de la literatura. Todo ello pasado por la experiencia personal e intransferible de Cecilio Olivero. También hay una reflexión sobre la escritura o la literatura y sus funciones. La escritura deviene no pocas veces en pura necesidad, por tanto no está tan clara la línea que separa la literatura y la vida.
El libro se divide entre poemas concisos –«un poema debe ser concreto», nos aclara el autor– y prosas poéticas que no son tan concisas, se alargan por derroteros un poco más amplios. No se plantean disyuntivas, hay una unidad entre ellas, pero sin duda el lector podrá acomodarse en cualquier de las dos formas literarias, al fin y al cabo son piezas sueltas, con sentido por sí mismas. Por eso mismo el lector puede decantarse por unas o por otras, y quien suscribe se decanta sobre todo más por los poemas que por las prosas, es una opción.
El libro, por lo demás, no da pie a mucha esperanza, –«La esperanza es una acacia imposible»–, aunque tal vez no tenga mucha importancia, la poesía se nos presenta al fin y al cabo como el único ámbito posible de vida.
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