
He perdido toda la capacidad de buscar editorial e ir detrás de editores para que te publiquen un libro de poesía o cualquier otro género. Ahora publico en Universo de Letras (pagando sí). Quizá mis libros sean malos pero no pierdo la ilusión de escribir y prefiero pagar por una buena distribución que equivocarme buscando editor del que encuentro una negativa, o te dan largas. El futuro de los escritores como yo (independientes) es la autopublicación. Me han tomado el pelo demasiadas veces. Ya tengo cierta experiencia que me ha servido para entender bien el negocio de buscar editorial yendo detrás de editores que, como todos, buscan ganar dinero. Que mis libros sean buenos o malos es lo que menos me importa. Siempre trato de que sean lo mejor posible. Pero me he cansado de hacer la pelota a editores que, desde editoriales importantes, como también editoriales de bajo copete, me han negado por varios motivos que no diré. Sea mi poesía y mi escritura mala, lucho por algo, y la mejor manera que he encontrado es leyendo lo que me dé la gana y comprar eBooks a mansalva. Tengo varias decepciones con las editoriales. No tengo la capacidad para buscar editor y que te cobre, también he probado por los que no cobran y que pagan regalías religiosamente. Ese tipo de editoriales son decentes. Pero ya he llegado a una cota de hartazgo y prefiero escribir en mis blogs. No pretendo hablar sólo de mí, también hablo de lecturas, cine, música y otras cosas que me interesan. El éxito no es una cosa que me preocupe, pero me considero escritor vocacional. Poco me importan los concursos. No me interesan ni las negativas ni el dinero que te piden los editores de poca monta con sus propias artimañas. Pero (repito) me considero un escritor independiente. De esos que o lo arriesgan todo o no se preocupan por las ventas. Mi libro se distribuye por todo el mundo. Pero donde más me interesa que se distribuya es en mi país. Es una ventaja añadida a cosas que no diré por discreción. Conservo negativas en cartas de editoriales que me han dado calabazas. Las más importantes La Bella Varsovia y Visor. También traté de publicar en Calambur pero me pedían un dineral. ¿Para qué sirve la poesía? Pues sirve para decirte a ti mismo lo que te consuele y de paso si le sirve a una persona, aunque sea sólo una, vale la pena hacerlo. La poesía es un artificio, una mentira bella que sólo te crees tú mismo. A veces no engañas al lector, te engañas a ti mismo. Y eso es de una manera vocacional de escribir ficción. No puedo dármelas de gran poeta, lo sé, pero soy auténtico. Trato que a través de mi escritura sobre aquello que me dé el gusanillo y mueva mis ganas de escribir. He estado relegado durante mucho tiempo al ostracismo literario. Y lo entiendo. No soy parte de una gran mayoría pero en todo momento soy puro siempre.
Cecilio Olivero Muñoz
Prosimetrap, 2023
Universo de letras
Montaigne escribió en el prólogo a sus Ensayos que él mismo era la materia de su libro. Habrá quien afirme que cualquier autor-persona está siempre presente en su obra, que ésta se constituye irremediablemente en su espejo. Así es como se ha estudiado al fin y al cabo la literatura, partiendo del propio autor, de su biografía y de sus traumas, aunque ahora hay nuevas perspectivas. La literatura se convierte de este modo en el testimonio de una vida. Entiéndase vida también como el cúmulo de emociones y sentimientos. Por otro lado, si entendemos la escritura como diálogo entre un escritor y un lector, ambos en su más absoluta soledad, sin que importe que entre ellos haya distancia física o vivan incluso en tiempos distintos, entonces qué duda cabe que el autor y sus fantasmas se constituyen en el tema de la conversación, aunque aquí el interés estriba también en cómo interpreta el lector lo que le comunica el escritor y cómo aquel lo asume y adopta en su experiencia vital propia.
Todo esto resulta tal vez más evidente en la poesía, prosa poética incluida. La poesía, nos dice Cecilio Olivero, «se diluye entre tiempo y sueño». Por tanto, el testimonio queda a merced del tiempo –el sentimiento es emoción madurada por el pasar de los años– y el sueño, parafraseando (mal) a Goya, contribuye a que los fantasmas propios se vuelvan monstruos. Aunque monstruos compartidos.
Haber comenzado con Montaigne pudiera indicar que esto de la literatura del yo o literatura testimonial tampoco es algo nuevo, ni lo sería la autoficción, nuevas etiquetas inútiles más allá de las meras referencias académicas. La literatura es sobre todo mestizaje, más en estos tiempos extraños. Pero al fin nada es nuevo y la originalidad supone también volver una y otra vez al origen, que es a lo que se refiere strictus sensus la palabra. Todo ello nos lleva a reconocer que estamos ante un libro de análisis de la identidad propia, de exploración íntima, con una voluntad de revelar y exhibir lo que uno arrastra, en este caso lo que arrastra el autor, y confrontarse a lo que uno es. Esto es, mirarse a sí mismo y compartir esa mirada. No es casual que el libro se cierre con un apartado titulado Los espejos. El autor nos expone a golpe de verso y de prosa los fantasmas propios, pero que también son colectivos, aun cuando cada cual los viva a su manera.
Nos encontraremos con temas eternos, como la soledad, el miedo, la conciencia de sí mismo, la fragilidad y las dudas, las relaciones interpersonales o el desamor. Todos estos temas aparecen hilados por un sentimiento profundo de malestar, que sin duda a muchos lectores va a perturbar, que es función también de la literatura. Todo ello pasado por la experiencia personal e intransferible de Cecilio Olivero. También hay una reflexión sobre la escritura o la literatura y sus funciones. La escritura deviene no pocas veces en pura necesidad, por tanto no está tan clara la línea que separa la literatura y la vida.
El libro se divide entre poemas concisos –«un poema debe ser concreto», nos aclara el autor– y prosas poéticas que no son tan concisas, se alargan por derroteros un poco más amplios. No se plantean disyuntivas, hay una unidad entre ellas, pero sin duda el lector podrá acomodarse en cualquier de las dos formas literarias, al fin y al cabo son piezas sueltas, con sentido por sí mismas. Por eso mismo el lector puede decantarse por unas o por otras, y quien suscribe se decanta sobre todo más por los poemas que por las prosas, es una opción.
El libro, por lo demás, no da pie a mucha esperanza, –«La esperanza es una acacia imposible»–, aunque tal vez no tenga mucha importancia, la poesía se nos presenta al fin y al cabo como el único ámbito posible de vida.