
Dicen algunos que Borges opinó que Federico García Lorca en su visita a Buenos Aires, era un andaluz profesional. Eso da a lugar para entender de que Federico no fingía ser andaluz. Hablar como hablan los andaluces no sólo es enriquecer o romper el idioma, con jerga o dejos singulares de la Andalucía, que no por esa razón deja de ser culta. La opinión de Borges no sólo quedó ahí. También dijo que era un poeta menor. A mi parecer es síntoma de envidia e inquina, como también de ignorancia. El hecho de que García Lorca hablase con su acento granadino, no es por fingir, o una pose frente al público. El hecho es que Lorca era auténtico. Ser auténtico y no sesear lleva a que la gente piense que es una sobreactuación, y es solamente la auténtica manera de hablar de los andaluces, aunque en las ocho provincias haya en cada una de ellas un acento diferente. No es el mismo andaluz el de Almería que el acento de Sevilla. Yo no puedo decir que Borges era un poeta menor, tampoco un escritor menor, pero creo que se caracterizaba por su falsa humildad y su egolatría modesta. Ni tanto ni tan poco. El hecho de ser andaluz es hablar otro tipo de idioma sin nacionalismos ni patrias putas. Los andaluces han sido los olvidados de España entre guerras y posguerras. Ahora viven mejor los andaluces que los catalanes incluso. Ya que en Catalunya estamos todos en apartamentos y pisos, debido a la especulación. Muchos pueblos de Andalucía han donado sus ayuntamientos el terreno y los propios dueños se han hecho una maravilla de casas. No es que reniegue de catalanidad, además soy charnego. Eso me hace libre de pertenecer a un trozo de terruño.

Yo admiro muchísimo a Federico García Lorca. Pero huyo de ser un epígono que lo imite. También he leído a Leopoldo María Panero y no quiero que me tachen de poeta loco. Aunque lo sea. Pero no quiero.
De Federico lo he leído casi todo, y entre la grandiosidad de Lorca me he ido, o él me ha conducido hacia otros autores. De Federico tengo de parecido mi pasión por los gitanos, gitanos buenos, aunque nunca pretendí equipararme a él. Sin lugar a dudas, no tengo ni tendré su éxito universal. Pero aunque algunos lo cataloguen de cursilería, yo no lo veo así. Lo veo un poeta y dramaturgo valiente. Por eso acabó cómo acabó. Es muy difícil ser como Federico era, sería una bobería por mi parte. Pero tardará mucho tiempo en nacer un andaluz como Federico. Federico es el poeta del cante jondo, del Romancero Gitano. Es autor de La Casa de Bernarda Alba y de Bodas de Sangre.
Una vez leí que decía Herman Hesse que Goethe era el príncipe de los poetas alemanes. Yo esa categoría se la daría a Federico, pero como poeta universal. Lorca era de Granada, de Fuente Vaqueros. De la Vega granadina. Yo, aunque me hubiese propuesto ser como Federico, estaría como una cabra. Ya que soy todo lo contrario a García Lorca. Era músico, era flamenco, y Federico está más vivo ahora que en su vida sin dinero y tanta lucha por hacerse famoso y lograr coronarse en el Parnaso. Federico ha sido representado en una obra llamado Una noche sin luna donde el gran Juan Diego Botto hace muestra de su talento interpretando a Lorca. Hay una anécdota que habla mucho de Federico y sus ocurrencias: Federico y Neruda llegaron a la estación de un pueblo rural para realizar un recital. Y no los recibieron. Y alguien que los esperaba les dijo perdonen por no reconocerlos pero no tienen apariencia de poetas. Y Federico le contestó: Es que somos de la poesía secreta. Cosas como esa, y muchas más hacen de Federico alguien divertido. Yo soy lo contrario (repito), ya que no soy ingenioso y no voy a llegar a lo que Federico ha llegado en el mundo de las letras.
Con este escrito dejó constatado mi fervor por lo lorquiano aunque no pretenda ni ser ni escribir como Lorca. Cosa imposible. Pero siempre que lo leo hallo luz en la larga madrugada de mis días de Nocturnidad.
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Hace ya unos veinticinco años que un primo mío me dio a leer un libro. Fue por el año 95 del siglo pasado. El libro me impresionó tanto que decidí que yo quería hacer algo o acercarme un poco a lo que ese poeta decía. Encontré una poesía rimada y repleta de imágenes y metáforas deslumbrantes. Sé que es muy típico que el autor de ese libro haya logrado lo que pocos, y es que a partir de él emergieran otros poetas. Ese autor era Federico García Lorca, y el libro, el Romancero Gitano. Siempre he pensado que aquel que consiga con su ejemplo cambiar a las personas es una persona imprescindible. Federico lo era, por eso otros poetas han seguido su estela. Empecé a escribir poesía desde ese mismo momento sin haber leído a otros autores, pues Federico me impresionó tanto que sólo quería leerlo a él, luego vinieron otros autores, españoles, americanos y de otros muchos países. Pero fue Federico el que me cambió el magín como persona. Yo escribía con muchas faltas de ortografía y no puntuaba bien. Leí de una manera extraordinaria, con algunos me reía, con otros no lograba a entenderlos, debido a mi incultura y a mi falta de estudios literarios. Con el tiempo la afición se fue haciendo más y más placentera. Leer poesía me ha gustado desde que encontré a Lorca. Algunos los encuentro herméticos, otros relucen sus grandes galaxias poéticas. Un autor te lleva a otro, y ese otro a otros tantos, me atreví a leer ensayo, novela, ficcional o realista, encontré la autoficción, y poco a poco me convertí en un lector de poco fuelle con respecto a otros, pero tengo y leo libros, cosa que mis padres vieron con agrado. Me apartaron de la calle, de los vicios, aquel primo mío con un libro de unas ciento cincuenta páginas estaba consiguiendo lo que mis padres pretendieron desde siempre. Aquel viaje a Sevilla fue renovador, ya que encontré el aliciente ideal que le faltaba a mi soledad. Ya nunca más iba a estar solo, siempre me acompañarían mis libros, y se han convertido en mi manera de estar en el mundo. Quisiera ser una persona culta, leída y cultivada, aprender idiomas, pero la música desde que entró en mi vida me ha hecho un poco perder el tiempo que no dedico a la lectura. Escribía poesía utilizando el verso blanco, después me atreví a hacer algunas primeras rimas, pero esa labor me llevó años para perfeccionarla, y tengo que añadir que está mal vista dentro del mundo poético, se valora más una poesía de imágenes certeras y un simbolismo cercano a los lectores de poemas. No me considero ni un intelectual ni un catedrático pero puedo defenderme, pues he cultivado mi propio criterio plasmándolo con rigor y buen hacer. Como cualquier persona puedo equivocarme, pero debo de ser sincero y caminar sin falsa humildad, la humildad que me enseñaron en casa es virtud de corazones nobles.
Durante algunos meses entre 1929 y 1930, no llegó al año, Federico García Lorca vivió en Nueva York. La ciudad era ya en aquellos años un gran centro social y cultural, un polo atractivo y también contradictorio, sin duda, de ese mundo en construcción y que, en su caso, dadas las dimensiones y la tecnificación, acentuaba la dicotomía entre naturaleza y civilización, tema este a todas luces muy actual al que no fue ajeno el autor andaluz. Huía García Lorca del ambiente un tanto cerril de España, pero también necesitaba tomar distancias para pensar en sí mismo, en sus circunstancias, y nada mejor para ello que cierto retiro, aunque fuese en un lugar tan dinámico como esa ciudad gigantesca que tanto nos influye en lo cultural. Sea lo que fuere, tal vez por ese mismo dinamismo, le resultó imposible no atender a lo que le envolvía.
Vivió la gran crisis del 29 en su epicentro. Descubrió también la vida de los negros que no pudo menos que sorprenderle, con su vivacidad y su marginación, con sus contradicciones, sus esperanzas y su frustración colectiva. Escribió: «(…) No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos, / a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, / a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra, / a tu gran rey prisionero en un traje de conserje.» Es parte de un poema titulado El Rey de Harlem, de su libro Poeta en Nueva York, cuyo manuscrito entregaría a José Bergamín en 1936, el mismo año del asesinato de Lorca, y tras la guerra española se publicó simultáneamente en México y en Estados Unidos, en 1940.
Han pasado noventa años de su estancia en Nueva York y ochenta de la publicación de su libro. Hoy, como entonces, estamos en plena crisis, ya no sólo sanitaria, también económica, aunque no somos todavía tan conscientes de su envergadura, aun cuando haya voces que apuntan que va a ser casi tan grave como la del veintinueve. No sé tampoco hasta qué punto se repiten los fenómenos históricos, sea en forma de tragedia sea como miserable farsa, que diría Marx, Karl, aunque la frase hubiera sido también digna de Groucho; o, dicho de otro modo, si los ciclos de crisis actuales desembocarán, como desembocó aquella, en fascismo y en un nueva guerra mundial. Esperemos que no, a pesar de los signos que indican que por desgracia estamos ante la farsa miserable. Lo que no cambia es la situación de los negros en Estados Unidos. La muerte una vez más de un ciudadano a manos de la policía por una detención brutal ha desencadenado protestas en todo el país y no pocos enfrentamientos. Puede ser verdad que al día se dan cientos de operaciones policiales que no conllevan la muerte de nadie, pero no es la primera vez que ocurre y tampoco es la primera vez que quien muere es una persona negra.
¿Cuántas muertes se necesitan para que una estadística se convierta en un dato infame, cruento y repugnante?
No creo que haya que responder a la pregunta. Aunque fuera una sola vez, el hecho resultaría por lo menos inaceptable. Pero hay quien se fija sólo en la reacción, no en el hecho; hay quien pone el grito en el cielo por el vandalismo sin querer ver que la violencia la desata lo que es un nuevo asesinato o incluso, antes, una mirada recelosa, un gesto prejuicioso, esa línea muy tenue que coloca a cada uno en un lugar diferente de la escala social.
En 2013 se inició un movimiento que se conoció por su lema: Black lives matter (Las vidas negras sí importan) a raíz de la absolución de quien mató a un adolescente negro por un disparo. A partir de entonces el lema se ha ido repitiendo cada vez que moría alguien afroamericano por actuación policial o se producía alguna detención policial cuestionable, y no han sido pocas tales ocasiones. Estamos acostumbrados a verlo en películas o en series y no nos damos cuenta de que, otra vez, como dijera Oscar Wilde, la realidad supera la ficción.
En Europa tales muertes y las protestas que provocan tienen un enorme eco, abren informativos y ocupan las portadas de los diarios. Se ven como una característica muy propia de los Estados Unidos, esas cosas que pasan allí, es fácil simpatizar con las víctimas del racismo y de los abusos del poder cuando se dan lejos. Quizá domine la idea de que eso no puede pasar ya aquí. Pero surge aquí una nueva extrema derecha que vocifera lemas xenófobos y algunos datos calculan en 20.000 los muertos en el Mediterráneo desde 2014 (https://news.un.org/es/story/2020/03/1470681), nuestros muertos que no aparecen tanto en los informativos o apenas provocan protestas en Europa. Casi nos hemos olvidado con la pandemia que en Grecia miles de personas esperan sus peticiones de asilo mientras muchos países europeos les cerraron sus fronteras o gestionaron el problema a cuentagotas. Como hemos olvidado que en 2010 el Gobierno de Francia, por poner sólo un ejemplo, expulsó a comunidades gitanas, aun cuando algunas de ellas tenían ciudadanía de algún país de la Unión Europea.
Nos hemos insensibilizado a la crítica o a la exposición del problema. Es lo que hay, el mundo es así y como mucho servirá de argumento a futuras películas y series, o ser objeto de atención de algún poeta sensible. Todo volverá a su cauce hasta la próxima vez que ocurra algo así, que no parece que vaya a ser muy tarde.
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Esta madrugada te llevaron con dos banderilleros y un maestro cojo y te fusilaron. Todo el mundo lo sabe, lo saben desde aquí hasta donde conocen de tu leyenda negra, pero pocos han reparado en una cosa, Federico ¿Dónde está tu voz? ¿Por qué no existe ningún registro de tu voz en ningún soporte sonoro? Solamente existe una frase lapidaria en tu poemario de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, la frase es: No, no me encontraron. Y esa es la verdad, eres el símbolo más famoso, la cara famosa de nuestra guerra (in) Civil, y solo queda ese rastro de ti, solamente sabemos ahora ese presente de ti, de que no te encontraron, ni a ti ni a muchos muertos de esa guerra, pero, ¿y tu voz? Ese es el enigma más grande que sin quererlo, supongo, dejaste.