Posted on 9:03

Esa pregunta me la hago todos los días. ¿Sirve para algo la poesía? Yo me encuentro en el lugar de la poesía mala. Considero que no merece la pena tanta impostura, tanto exponerse, tanto exhibicionismo. Al final tú eres la única víctima del escarnio. Del oprobio redundante en el que sueles caer constantemente. ¿A quién cura la poesía buena? Ya no hablamos de la mala. Pero yo creo que escribir es algo serio. A veces caes en un ridículo espantoso. O pecas de cursilería o padeces de egocentrismo, otras te haces la víctima y otras es para avergonzarse. La poesía es un material altamente corrosivo y al mismo tiempo tan duro como el acero. La lenta combustión de un poema no equipara tanto esfuerzo derramado. Debo dejar de escribir. Mantenerme solamente como lector expectante. Seguir a algún poeta de culto, poetas buenos. No como yo. Un poeta bueno es aquel que mantiene un diálogo coherente con cualquier tipo de lector. La poesía que transpira y respira. La poesía viva. Y ésta sólo es posible cuando ella te llama. Cuando te llama la poesía todo está justificado. Hasta la grosería y la insolencia. Yo, como poeta malo, no me da vergüenza admitirlo, no pretendo ser laureado, premiado ni agasajado. Escribo por evasión. Malamente. Con respecto a otros poetas que leo yo no soy el que suele hacer sombra a ningún poeta. Ni tampoco lo pretendo. Mi humildad no es falsa. Soy consecuente. ¿Para qué sirve la poesía? Yo creo que sirve para evocar mediante la palabra, la imagen o la metáfora una ilusión dentro del imaginario personal. Intuimos que hay algo que nos llama y nos invita a imaginar, pero somos soñadores natos los poetas. Yo ya es que no evoco ninguna imagen. Tan sólo suscribo.
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Yo no pido consuelo ni que asientes con la cabeza, tampoco pido una limosna de amor, echar un polvo cada día, o tres veces por semana. Yo lo que necesito es paz. Que nada ni nadie me corrompa la calma. Conseguir por ejemplo, dejar de ser un pelele manteado. Un monigote arrumbado, un enemigo del silencio. Quiero yo vivir en paz. Con nada que decir ya. Por mucho que me empeñe en estas palabras, por mucho que me esfuerce, por mucho que me calle o diga lo que no se debe decir. Es todo tan lamentable, que estoy harto de repetirme el perdón. Un perdón que me recula y vuelvo otra vez a la lona, y todo se desmorona, se desmorona, todo el amor se acaba. ¿Porqué tengo yo que suplicar compañía si me han aborrecido aquellos que ya no son ellos mismos? Ni yo tampoco. ¿Dónde dejé mi pureza del alma y mi corazón asustado ahora? ¿Qué tengo que hacer para encontrar la paz, esa paz que se me niega? Es nefasta la envidia, el reproche que se hunde, el suspiro calentorro, el subyugante momento. Es todo tan complicado que parece la vida una broma. Si nacemos y cuando nos cortan el cordón umbilical somos ya carne destinada a la soledad. Más abstinencia has aguantado con piltrafas y mamarrachos, y no te dije nunca nada. Es como si maldecieran mi estrella, que es totalmente fugaz. Te hago concesiones que no mereces. Viertes contra mí la rabia desatada. No quiero ni recordar al niño que fui porque me da pena cómo ha acabado. Ha acabado como un sueño placentero y de pronto suena el despertador, te resistes a despertarte, pero la realidad diluye el sueño tan gozoso que parece mentira tanta realidad putrefacta. Tanta fermentada mañana. ¿Tanto he cambiado que ya no te alegra verme? ¿Qué tanto he cambiado que ya no me encuentras? ¿Por qué he cambiado tanto si sigo siendo la misma inocencia con un grado más de locura o de cordura? Yo te conozco a ti y no me conoces tú, ¿o es que me conoces demasiado? Ni tan viejo ni tan niño soy el mismo hombre que se cruza en los lugares. ¿Dónde estaré marcado que ya oigo sorda la ceguera de mi mirada? ¿Qué principio es el mundo si todo fenece con la ayuda de las auroras? ¿Dónde estoy yo ahora?

Escribimos poesía porque somos conspiradores de las palabras. Somos los saboteadores de los déspotas y de los malvados. Los locos nos marchamos cada uno por su sitio en busca de un pájaro que nos vuele en el alma. Conspiramos con la palabra porque sólo tienen la razón de la inocencia. La inocencia que no podemos perder, porque la necesitamos para soñar como niños en los vestigios de una mamífera quimera sagrada. Somos principio, y cuando asaltamos a la noche a ella no le importa porque es toda obscura y enorme, abismal, e íntegra, visceral y desangrada. Los poetas acabamos con la poesía entre emoción y sorpresa, porque seguimos y continuamos siendo niños que se afeitan y se irritan el instinto, la hemorragia va camino del coágulo, y cuando la sangre deja de ser líquida es forma de lapidaria presencia. Se hacen bicarbonato las palabras sucias de lamento, de realidad vertical, del latido que subyace vacío de efímero pasado mañana. Porque ¿tenemos que lamentar tanto, tanto y tanto los poetas? ¿Por qué tanto discurso estéril del que remitimos la idea. Lamentamos con las palabras las leguas y leguas que caminamos sin darnos cuenta. Nos acomodamos al olvido después de acordarse de nosotros la muerte que nos borra el pulso, que nos cincela el nombre y el apellido y dos fechas que son intervalo que aspira e inspira. Tantas veces he pecado que no soy nadie sin mi ADN que me aproxima a toda mi identidad. Mi identidad hecha pedazos, añicos de parentesco, porque no soy el óxido anaranjado de la fecha de la cita con la conspiración en secreto de las palabras burbujeantes. Estoy debajo de los muros de mi derrota, no soy un ganador aunque sea dueño de mí sí y de mi no. Creo que voy a perder la cabeza ocho veces al día. Soy la abnegada devoción devastada. Soy el único ser que es todos los seres porque la empatía se lo permite.
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A veces es necesario mentir, no pretendiendo mentir por mentir, sino para sobrevivir. Se miente para sobrevivir, porque, al fin, hay que de la verdad prescindir. Se miente llenando una sustancia vacua subyacente. Se miente para vivir, porque es difícil admitir cuestiones que no se deben decir. Mentir, mentir y mentir. Para dar y repartir. La verdad es una vaca flaca o un conejo que de una chistera se saca, ya que todo en esta vida consiste en mentir, para sobrevivir, para no sufrir, para no sucumbir. La vida es magia y mentira. Se debe del todo admitir, que esta vida sin mentira sería una sopa que se nos enfría, un fuego fatuo que se nos apaga y expira, un huevo de pato en un acuífero jardín, un chimichurri con ajo y perejil, un siete de julio, un San Fermin. Miente hasta un arcángel y un ángel querubín, mienten en una poesía sin fin, los poemas, los relatos, la literatura adulta e infantil. Miente el presente y el futuro es el fin, solamente el pasado la verdad sabe decir. Se miente por el porvenir, se miente porque un día sin fin sería un relámpago que resplandece y en segundos se escucha rugir. Mentir, mentir y mentir, en el cine, en la televisión, para sobrevivir. Dime si hay verdad en la vida y dime si es aconsejable la verdad admitir, pues te darán garrotín en la espalda, en tus carnecitas blandas y te dejarán una cicatriz que aborrecerá el adolescente, el adulto, el hombre senil. Mentir por mentir es decir irse en barco de Barcelona a Madrid, mentir es para sobrevivir, a este caos de verdad desnuda, de verdad sin su raíz. Mentir para ganar dinero, para negociar un beso sincero, para resurgir del nepotismo pueril. Mentir hay que mentir. Para evitar lo cáustico, lo caucásico, lo hostil, se debe decir la verdad y la verdad a veces es un acto para contradecir, tener memoria para mentir, como un actor secundario o una primera actriz. Mentir por mentir, callar para sobrevivir, tu madre te aconseja que siempre digas la verdad, que no se debe mentir, pero mentir también lo hace tu madre, entre lo económico, lo cómico y lo que se sugiere en esta vida infeliz. Decir que se es feliz también es mentir, no existe nadie feliz, no fueron felices ni comieron perdices, conversar con bestiario como lo hacía San Francisco de Asís, jamás lo hiciera San Agustín, ni el demoniaco Rasputín, mentir, no se debe mentir. Pero dime que me quieres, para que sea sólo un rato feliz, miénteme, quiero vivir. Quiero a la mentira sucumbir, derrotado, maniatado, demacrado, morir por fin, quisiera mentir para no herir, para ser buen amante, para ser insensato malandrín. No, no hablo chino mandarín, quiero un sinfín de virtudes en un serpentín, mentir en marzo, mucho más en abril, mentir es entregar un pedazo de golosina y regaliz, mentir por mentir, contradecir lo que suma unos diez mil. Mentir para que no hacer caso al ocaso y que seamos infelices hasta morir.

Los hay quienes tienen pelos en el corazón. Individuos que niegan la alegría de los hombres. Mientras convierten en desdicha la falsa ubicación y la frecuente pose. Existe gente que camina con pelos en el corazón. Alejados del cariño y la grandeza del amor en una suerte de infame frialdad de inviernos disecados. El cariño, solamente es cariño, resulta necesario para combatir el frío y el miedo. Si tengo que caminar solo lo haré encantado, sólo tengo que suspirar y avanzar el paso. No soy andariego, pero conozco los caminos que van a la guerra inútil de la plastelina. Pelos en el corazón tienen aquellos que me dejan en los portales como un mueble viejo, esperando quizá que se lo lleve alguien. Pelos en el corazón es área construida con desnuda pared en los latidos sin sangre. En los reproches es necesario devolver y decir más de dos verdades para que la gente sepa lo que esconden esos pelos en el corazón. Pelos en el corazón es un niño maltratado, una adolescente que echan a la calle. La gente cría callos en las entrañas. Callos duros en el corazón como si la dureza de un callo no fuera ninguna molestia importante. Pero los pelos en el corazón son negrura de prepotente ninguneo. Un insulto, solamente un idiota cree que lo es cuando se dice un verdad auténtica. Ya que si ofendidos se sienten con la verdad insultados. ¿A quien insultar yo con decir tres verdades si miento en una? La indiferencia es la cobardía de los que no se atreven a decir dos verdades a la cara. La frialdad acude a los cementerios los primeros de noviembre, y no nos queda otra que llorar, porque los escarnios en vida dejan el oprobio podrido entre triste melancolía.

Hay una canción de Neil Young titulada Old Man, que es una verdadera maravilla. No comprendo porqué Young no quiso que reprodujeran su música en Spotify. Pero sí, lo hizo. Pero yo que soy un hombre de recursos he conseguido el tema completo, aunque no diré cómo. Me gustó el tema debido a la película Wonder Boys y perdonen mi obsesión con esta película pero se ha convertido en una de mis favoritas. Yo me siento viejo y no tengo una edad de persona anciana pero he vivido muy deprisa y he notado el aliento del diablo muchas veces en mi vida. Me levanto entumecido y cansado, pero eso lo atribuyo a la fuerte medicación. No tengo que demostrar nada. Lo más seguro es que no tenga descendencia, pero no me preocupa demasiado. Es una responsabilidad nada aconsejable para personas como yo. Tener hijos no lo es todo. A veces los hijos son un castigo hacia los padres, y otras veces son los padres el castigo. No creo en el matrimonio. A veces en lugar de ser un acto amoroso también es una transacción de intereses creados, también la convivencia es difícil para ambos cónyuges. En el amor alguien debe ceder, y tratar de darle a la mujer su lugar en total igualdad y recíprocamente en el matrimonio del que discrepo. Soy una persona cansada y no he trabajado demasiado, quizá apenas nada, pero mi mundo interior es un mundo controversial, difícil. No le temo a la soledad, le temo a la gente que desprecia a mi persona sin conocerme. No soy un ejemplo para nadie, pero tampoco soy una persona que carezca de ignorancia. Me gusta la gente sin rencores, me gusta la gente sencilla. Pero lo que más me gusta es volver a un estado equilibrado.