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Capplannetta en el pueblo donde nunca pasa nada

Posted on 12:19

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1_9uExu1xMDrhLqkdh_bgQq0KDW3x2dBT

Me fui a un pueblo tranquilo, andaluz, de noche abrían sus pétalos el jazmín y la Dama de Noche. Un aroma que no quiero olvidar. Era un pueblo en paz; en romerías y fiestas populares la gente (incluido yo) bebe demasiado. Hubo armonía, hubo paz, hubo ratos de siesta y sosegado pueblo de casas blancas y tantísima Andalucía. Hubo armonía y tranquilidad hasta que llegué yo. Llegué desde la Barcelona camino de hacerse parque temático, o una caricatura satírica por su afán por la filantropía. Filantropía es por los extranjeros, mochileros y demás bazofia cosmopolita que te deja impreso los borrachos y turistas en posesión de las Libras. Llegué al pueblo, me confundieron, me despreciaron, lo lamentarán un día. Empezaron a pasar cosas desde mi aparecida. Soy un extranjero donde nací y soy extranjero en Andalucía. No creo en nacionalismos ni en las patrias putas de esta España mía. Fui disgusto y fui suceso, fui un borracho en este pueblo de la Sevillana fría. Mis padres son del sur y al sur acudo sin perder el norte. Perdí tanta lucidez y tanta sintonía que me puse a cantar a diario el himno de la alegría. En este mundo hay embrujo y gente sencilla. Pero también hay caída libre sin paracaídas. En este pueblo al norte de Sevilla camino de Extremadura. En la sierra, se respira la lucidez y la oxigenada melomanía. Fiestas populares, diversión y algarabía. Esperaré el momento idóneo para frecuentar a alguien que quiera como yo desearía. Sevilla es beata y muy española. Sevilla es el recreo de madrileños y otras gentes que la quieren calurosa con guasa y con chulería. ¡Ay! Sevilla, ¿cuándo volveré a verte? Sé que al menos todavía cruzaré la bella Amería y me proclamaré sultán de nevera vacía. Poco a poco mientras quede luz todavía. 


Capplannetta no vende humo

Posted on 19:09

https://drive.google.com/uc?export=view&id=10s4nSnUAOfqMSOz5J6VoeWNB0E31A7NL

El trabajo estaba ya concluido, le había dedicado mucho tiempo a sus trabajos. Cuando ya parecía que iba ser el poemario definitivo, asaltaba en él otra duda surgida de este mundo incógnito. Era, sin duda, un poeta que no vendía. A pesar de sus intentos: colaboraciones en revistas elitistas, poemas enviados con la esperanza herida. Ya no le ilusionaba esta vida de poeta. Abrirse camino entre tanto poeta, entre tantos tecnicismos que lo catapultaban como fuera de toda vanguardia. Él mandaba a revistas culturales y no le hacían caso. Otro poetastro. Pensaba él que dirían los suplementos. Él, al contrario, no negaba una reseña. Le gustaba ilusionar a las personas que lo merecían. Y les entregaba un ramillete de halagos que eran ciertos, pero él siempre fue un muchacho sin recreo. Negativas de editoriales, negativas de autores y el epicentro de la intelectualidad, la vanidad y el elitismo. Él no encajaba en ninguna de esas vertientes. El problema era que alrededor de él sobrevolaba la sombra de Caín. Veía a escritores de menos edad que él darse baños de multitudes, empachos de halagos, decidió no pensar más en el tema. Algunos de sus amigos sí apreciaban su poesía. Llamaba por teléfono a editoriales, a librerías, a plataformas culturales. Pero como siempre se quedaba sin recreo. Pero su perseverancia lo hicieron más fuerte, quizá que fuese el único que creía en su talento despreciado. Su familia y conocidos no eran aficionados a la lectura. Eso le convertía en perdedor intelectual. Pero por otro lado le gustaba que no leyeran sus libros. En ellos contaba cosas abominables. Contaba cosas acerca de momentos que había vivido en su adolescencia. Él era tal vez el único que creía en lo que hacía. Aunque no se daba ínfulas de intelectual todoterreno.