Book trailer Prosimetrap
Posted on 17:50
Me dijeron que porqué no me dedicara a otra cosa, yo les dije que era lo único que me consolaba en mi proceso psíquico. Me dijeron que eran mis amigos, incluso alguno me señaló como gran poeta. Hoy no quieren saber nada de mí. Y todo por intereses editoriales. Yo creía que tenía amigos, que otra vez estaba en la brecha. Pero era un espejismo. Todos me dieron la espalda. Todos menos dos. Mi amigo Juan and Cook que hace años lo conozco, y un amigo de la infancia. Los demás todos me dieron la espalda. Me llegaron a decir editores que no tenían una editorial, la que yo admiraba, me creía apreciado, y no era verdad, me dijeron que tenían una empresa. Jamás estuve pero estuve. Opté por que no me vieran la cara, mi personalidad. Pero pensé, hay tantos como yo en este mundo que no todos deben estar equivocados negando la gran verdad de la vida. Y entonces me dije: —Pero no la niegan por rencor, o porque estén carentes de amor, o por que estén todos locos. La niegan porque obedecen a su naturaleza. La naturaleza que les es negada. La naturaleza que, aunque parezca mentira, respira de su mismo oxígeno. Yo no creí jamás en las diferencias entre las personas. Hoy estoy muerto. Hace años que lo estoy. Mis padres son los únicos que lloran mi muerte en vida. Esto no es broma. Todos los seres a los que se les muere su naturaleza no pueden estar en consonancia. No es ninguna conspiración. Es parte de una prueba que pone a dos naturalezas en una balanza. La una, plagada de razones y de grandes verdades. De grandes dotes en el arte de amar. El otro, más desgraciado. Pero con la fuerza de la inocencia.
Me dicen que me repito. Y tienen razón. Padezco una obsesión que redunda y redunda en los espacios abiertos, en los lugares con paredes y techumbre, en los espacios comunes, me cuesta asomarme a las ventanas, no me meto en la vida de nadie, y no permito que nadie se inmiscuya en mi vida. Pero es imposible. La gente te juzga porque es fácil mirar y diseccionar lo evidente, lo que perciben, y están tan seguros de ello como tú estás obsesionado en que se inmiscuyen en tu vida. A veces la vida es una mirada eterna que te desnuda, te despersonaliza. Te crea indefensión, vulnerabilidad, te hace débil y frágil. Pero bueno eso nos ocurre a todos en partes iguales o no. La vida no es como la imaginamos al principio de adentrarnos en su realidad. La vida contiene todos los pecados de los que reniega la Iglesia. Si me repito es porque no creo en otra cosa que mi imposibilidad y mi voluntad inútil para hacerme víctima de una causa que ni yo comprendo bien. Estoy entre un mundo y otro. No tengo respuestas, sólo preguntas. Y casi todas son incógnitas que se desmoronan.
Porque todos los poetas somos vanidosos, incluso los hombres y mujeres corrientes. Todos vanidosos. El hombre es vanidad. Y todo lo que reclama es protagonismo y tener verdadera importancia. Si el hombre es vanidad, ¿es lo que nos diferencia de los animales? ¿Y el conocimiento? El conocimiento de que somos vanidad y nada más que eso. Titubean los poetas alegando que no son vanidosos. Dale a un poeta reconocimiento y ensalzará su ego. Gritará dadme, dadme, dadme y será insaciable. Nunca se saciará. Porque la vanidad no sabe, no huele, no es cuerpo, no es materia, la vanidad la sustenta el ego, y el ego es el gran masturbador entre la prepotencia y la soberbia. Pero muchas veces caemos. En las débilidades del alma. Y el alma es mortal. Porque si el alma no fuese mortal ya se encargaría el hombre, en este caso el poeta, de comerse a los dioses que él mismo ha creado. La verdad tiene varios caminos. Pero coger el atajo más largo no es de idiotas, es la gracia de aquellos insensatos que en la inocencia se equivocaron y tropezaron. Y tropiezan por que son hombres, son poetas. Nada más nimio que eso. Nada más signo de mentira que su propia existencia. Equívoco tras equívoco aprendemos.
Me quiero porque estoy enfermo de literatura. De la que leo y de la que escribo. Yo, que era un chico más de extrarradio, ahora estoy amarrado a las palabras. Tal vez sea porque nada más me crea esa parcela de entretenimiento. Estoy en un lugar donde viajo sentado en el sofá. Estoy en el lugar preciso en el momento adecuado. Cultura, sin imponerla con mano dura, es más necesario no obligar a los chicos que lean, que lo descubran por sí mismos. Al fin y al cabo rendirse ante las palabras es cuestión de actitud. De querer enfrascarse en una historia. De elegir, porque la lectura es elección. Pero escribir es aplicar un diálogo consigo mismo en busca de un lector. La literatura es un paso hacia delante siempre. Cuando se está embutido en una historia, desgranando paso a paso las respuestas de una buena historia que se va hilvanando como una madeja de hilo. Estar enfermo de literatura es buscar para encontrar. Es abandonarse en la dialéctica de ensoñación e imaginación que conlleva alternar la buena lectura repleta de lucidez y aprendizaje permanente. La sensibilidad y el buen hacer de un escritor se basa en lo que lee, pero también en lo que oye y ve. Hay historias en todas partes. Una buena historia se desnuda como una mujer entregada al arte amatorio. Es reencontrarse con el sentido de la imaginación mediante a las palabras. Un buen consejo es tener el criterio de abandonar un libro que no te llena. Hay libros difíciles. Yo soy de los que creen que no hay libros peligrosos, sino escritores con un equivocado criterio. Cuando estás sumergido en una historia, no es la misma cosa que escribirla naturalmente. Escribir es abandonarse a la verdad desde la ficción sugerente.
Hay poemas que sólo se leen cuando los escribes. Porque duelen, porque te acercan a la tristeza. Esos poemas, por mucha vanidad que tengas, no podrás leerlos porque te hacen tanto daño y te mostrarás reacio a su lectura. Aunque el poema sea bueno, de los mejores que escribiste, pero te duelen. Te duelen tanto que no puedes releerlos. Los poemas que ya no conozco son aquellos que te llevan a la deriva del dolor y no quieres volverlos a recordar. Cuando te duele un poema es puro entre otros poemas. Por eso me cuesta tanto corregir los poemas que me hacen daño. Un poema puede ser una paliza propinada por tarugos y energúmenos. La lástima mía es no enfrentarme a lo ya escrito. Aunque haya destellos, resplandores, galaxias y constelaciones, luces en los umbrales de la inspiración. Relámpagos e imágenes maravillosas. No quiero enfrentarme a ese tipo de poemas, no, no puedo hacerlo. Es como estar con una mujer sombría que respira tanta melancolía que es la terrible víctima de su propio pensamiento. Todos tenemos poemas olvidados. Sólo los poetas cobardes y epígonos los recitan sin parar. Ellos sostienen la quimera del oro particularmente porque creen haber descubierto la luz y la belleza en cuatro versos presuntamente atiborrados de hermetismo. Los poetas no son la cura del mundo. Hay muchas clases de héroes, pero los poetas, en especial, no lo son. No lo son porque un poema no cura ningún mal. Un poema es espejismo, no obstante, tratan de escribir la resplandeciente metáfora que empacha.
No se puede ser nadie, no se puede ser nadie, nada más que nadie. Ser lluvia que cae a la tierra y se convierte en lodo. No se puede ser nadie, nunca ser nadie. No se puede ser aire que pasa parsimonioso como un acompasado sollozo de aliento. Nunca jamás ser nadie. Como el agua ocre que corre repleta de barrosa, como la mala hierba que se arranca sin más. No ser nunca nadie. Es imposible. No ser nada más que nadie. Como un peregrino que no sabe dónde va. Como un perro de nadie, como un semidiós enfermo de nadie, como un presagio sin presentirse. No ser más nadie. Ser la hojarasca seca y arrinconada en el otoño más gris. No ser nunca nadie. Como un pasmarote, o como un simplón sin más, o como un pasmado personaje sin sustancia, que ni comete ni merece. No ser más nadie. Como un preludio sin decir nunca más nada, como una pregunta sin un respuesta coherente. No ser ni sentirse nadie. Como romper de un plumazo el aliento de un bostezo. Como un orgasmo a medias. Como un destino sin pena ni gloria. No ser nunca más nadie. Como un perdedor que amasija veinte dedos en dos puños cerrados. Como los vientos de los soplidos de cansancio y hartazgo. No ser jamás más que nadie. Como al que le quitan el alma que ha sido y no puede aunque quiera volver a serlo. O como al que le arrebatan la esperanza a desengaños, a mentiras, a tropiezos. No ser nunca más nadie, pero nadie, nadie, solamente eso. Como el que encuentra una derrota que no quiere ser suya de ninguna manera. Ser nadie. Como el que frecuenta el vacío de no ser más nadie que lo que se ignora. No ser nadie, nunca nadie. Como el desmayo que para nada sirve pero que te derrota de nadería. No ser más nadie, nunca más volver a ser nadie. Poco importa regresar a no serlo. Porque al ser nadie se es todas las cosas que aparentan ser nadies. Nadie.
No sé por qué creo que soy el culpable de todos los desastres de estas tierras. De las migajas que me como. De los resquicios de vaso que me bebo. De los despojos y de la casquería. De los mal sabores de la mayonesa agría. De los pormenores de lo que se desmenuza como pan sin masa madre. De los hechos y de los deshechos. De loa acicates y de los incapaces. De los aires de bajeza y de los delitos que nunca cometí. De nacer silbando miedo y del vértice del escalofrío. De la descompasada canción del poeta ditirambo y de los sonidos de contrabajo solemne y con una nota sostenida lánguida a su suerte. Quiero ser un manojo apretado por la aurora y un conversador ingenuo con los nervios de aluminio. Me temo que tengo la culpa de todo. Soy el creador del tedio y de la absurda plegaria al viento. No quisiera mundos de parálisis permanente ni delirios ante una desmayada disputa con la leche del biberón helado. No quiero más tropiezos en la mesa donde te hago la cama más sedosa y cálida. No quiero imaginarte fría, ni herida de vértigo ni aburrimiento perpetuo. La culpa del desastre la tienen los ridículos bostezos en la sopa espesa y amarga de los arsénicos repletos de cloroformos ambiguos negadamente indispensables. La vulgaridad rompe el ocaso como una campana balbuceante de baba y burbuja compungida. Retales de mi pensamiento desgrano ante la embustera promesa del silencio en bancarrota. Suenan los timbres, suenan los estúpidos teléfonos, suenan las alarmas y suenan las sirenas. Yo no quiero ser segundo plato ante la muerte. Solamente quiero despertar de pasión y desgarrado de sentidos ante la curva presagiada de las luces que destellan en la muerte súbita. No quiero más litigios en la comparsa de enlaces que se muestran a quemarropa y sin el consuelo de no ir a ninguna parte. No quiero legajos, papelotes y pergaminos. No quiero la acequia lúcida si no es la de un libro de bolsillo. Ni una estratagema ebria de ti en el impulso luminoso de los peatones que se besan en los pasos de cebra. No querer andar no es no querer vivir. No querer vivir no es abandonarlo todo. No abandonar no significa un último suspiro. Un plato repleto de berzas es como quimeras y rutinas preñadas de vegetales maneras de vivir.
Dedicated Server Hosting | Converted into Blogger Templates by Theme Craft