Me busco cuando me tapo la cara con las manos, con las dos manos. Pero ya es demasiado tarde lamentar muros y paraísos perdidos. Tan tarde que me he entregado a las palabras, para encontrar en mi silencio la rapidez total de mi sistema nervioso. Tal vez, me cosería las pupilas con hilo negro, opaco, sin lugar al traslucido secreto de los viandantes, que perdieron el DNI y el porqué de las desventajas. Lo perdieron en los lavabos húmedos de los antros del extrarradio, donde se debiera escuchar aquella voz grabada que no es la misma que en mi interior se oye.
Quizá sonará en mí tu música. La música me tapa los oídos, ya que me produce enajenación el vértigo de las ciudades, el ocaso de los equinoccios, las hogueras en la noche.
El hombre no debe olvidar jamás que es un ser humano.
Yo me encadené a la poesía porque allá afuera no hay nadie que te salve la vida, que se apiade nunca de tu manto desmayado de rosas negras, solamente algunos poetas lo hacen sin interés, porque son valientes y ya lo han perdido todo, solamente el teléfono nunca está para nadie, siempre comunica, solamente el alcohol es garrafa amarga, solamente los ancianos saben más de lo que yo sé.
La calle está repleta de ruido y escarnio.
Silencio, yo declaro el silencio, que es mentira, entre la vorágine de carne y bronce, entre el escalón que es la puerta del olvido circuncidado.
Yo no quiero hacer daño a nadie. Sin embargo, busco el acomodo en la liturgia inocente de la mentira, que corroe y corroe camuflada en la ilusión efímera del abandono.
Yo no elegí ser poeta. La poesía me escogió. La poesía me gastó una obra macabra. Bromeó conmigo como para los que salen en busca de un libro muerto. Mis amigos, mis amigos me empujaron al cadalso de mi soledad. Pero la culpa es una hiedra que sube y sube, porque es solo mía. Y es tenaz de altura y fría. Yo no renuncio al amor. Al amor beligerante un poco, y pacífico cuando se ama. Porque me pusieron un cartel en los pies que decía: — este corazón caducará pronto. Y se pudrirá entre la noche de estrellas, que sueñan ser de barro, y son, no más que luz, luz sin esperanza.
Y son luz porque son vecinas del mundo oscuro, y en el azul de los sueños temen la descomposición de los relojes.
Me he caído siempre antes de llegar exhausto a la meta. Yo no salgo porque no creo en la suciedad del asfalto. No salgo porque ya vi los títeres que lamentan su lengua de trapo, y me acomodo ensuciando la frente de ceniza. Mi vida se mide en dos ciclos, aspirar y suspirar, la sístole y la diástole de rito de la especie rota, noctámbula, inapetente.
Y yo soy mi propio traidor porque custodié mi nombre haciéndolo calvario y martirio que solo entiendo yo. Y creo tener la esperanza en la noche, y en la tarde que te escupe con la palmada en la espalda de la mala suerte, he brindado en todos los crepúsculos. Miro el reloj y tiembla la hora, quiero dormir y tiemblan mis párpados, huyo de todo y sé que me encuentran. Me obsesiono por la dejadez de dejar luces encendidas que son tan mentira, que me debo esconder en un mapa de palabras en los rincones de mí mismo, en los albores de este mapa mudo y físico.
Quiero que sepan que ando solo por el mundo y por un agujero me caigo, yo solo me caigo. Y a veces pierdo la cabeza, pero me recompongo cuando pasa la tormenta, y la tarde se hace clara, y más clara la noche.
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Qué asquerosa es la vida codiciando el oxígeno azul que respiran los otros. Qué asquerosa es la vida para los que apuntan al paredón de las verdades, qué asqueroso y qué rancio es oler el cuero de cien años tras la apariencia de los beatos, qué asquerosa es la vida para los que expulsan a la nieve de los sueños de azúcar, qué asquerosa es la vida para los que absorben cada neurona del pensamiento, qué asquerosa es la vida para los que desnudan a los niños de la fría sopa, qué asquerosa es la vida para los que con una vela en la nariz beben a morro limonada con menta, qué asquerosa es la vida de los que odian las espinas de una rosa y la señalan por ser una roja rosa fresca, qué asquerosa y triste es la vida para los que estornudan en la cara a los benditos, qué asquerosa ha sido la vida para los que husmean en los trasteros comunitarios, qué asquerosa ha sido siempre su vida para los que tienen hambre de que algo le suceda a los príncipes de la dicha, qué alegría sería pasarte un STOP en la almohada, qué alegría más grande sería ver a mi madre con treinta y ocho años y decirle: -¡Qué guapa estás hoy mamá! Qué alegría sería ver a mi padre como un roble erguido silbando una canción por bulerías, qué alegría me daría besar la mejilla de mis abuelos y someterlos al abrazo que no abarca, qué alegría más grande sería repartir poemas por las calles y que la gente los guardara como reliquias del despertar nuevo, qué alegría sería remontar el vuelo desde mis patas de vencejo y creerme una águila en el cielo, qué alegría sería ver fornicar perros en el invierno y esbozar aire congelado desde los corazones ciegamente calientes.

Cronometré mis plegarias y todas duraron tres segundos, de cada mixtura que recojo en el transcurso, me llevo un souvenir repleto de olvidos, ya no confío en Mickey Mouse, sin embargo, me he hecho furtivo en los bosques negros, y trampas pongo a mis sueños, a mis placeres pequeños un gran cielo abierto, con el que se me erizan los vellos y mi corazón es un dulce y sagrado escalofrío. El momento de las despedidas tiene una dicha y una pena, el momento de la muerte es lo que no tiene solución, acaso un ángel viniera y me prestara su hombro en mi desconsuelo, pues no he fumado ninguna porquería, ni le eché vodka a mi vaso de leche. Me rodeo de rotundos desengaños que me arrancan la piel a tiras, y me invento personajes de arte pop en cualquiera de mis impresiones por domesticar, no conozco a nadie que no codicie un don de astro, yo no soy astro, y os digo hoy que nunca nadie, nunca nadie regresó de las tinieblas, pídele consejo a papá. Recojo leyendas en los bulevares, y me apropio de aquello que no hice, pero no es que sea un ladrón, soy un coleccionista de alegrías con minifalda. Me gustan las adolescentes con sus uniformes a cuadros, la tragedia inglesa es que nunca regresarán de los patíbulos de Oxford. Dicen los agoreros que llegará la mañana a ser mañana, y que la madrugada es tan suya que parece una pared en el campo abierto, pero yo conozco un algoritmo que la pone como Dios la trajo al mundo, libre y necesaria, atractiva y arrebatadora, el sol es lo único que nos queda a los amantes de la tormenta. Fuego sobre fuego es el universo, y éste poema en prosa finaliza ahora.

Hay veces que necesito ponerle a la vida un grito, aunque extravíe mi salud. Hay veces que necesito salir de esta repetida canción, hay veces que nada sirve lo escrito, y soy un apátrida de la virtud, hay veces que me remonto a las entrañas de la noche de los tiempos, y no encuentro más que alimañas y oscuridad. Hay veces que me cansan el pan, el agua y las rosas y me refugio en las horas muertas de un reloj vacío de tiempo, hay veces que me acuesto sobre el colchón de la tarde y no me quisiera levantar para continuar tarareando el vals de los hombres normales, con el acicalado semblante de un asistente al espectáculo hermoso del vestigio de un sueño, quisiera, y lo digo porque lo necesito, un alma gemela aunque no se parezca a mí físicamente, me basta con que quiera huir como yo a los márgenes del mundo. Allí donde las auroras boreales de verde neón revolotean en el cielo de las exquisiteces de la inocencia, inocencia que ha llegado y quiere quedarse otra vez, hasta que se canse de ella la gente que compra el ensueño con caries en las farmacias de la extenuación. No necesito ser tu pesadilla, me arrastra hacia tu mal sueño un amasijo de ilusiones que se rompieron en el cristal de las mañanas. Aliño mi necesidad con café, con chicha morada y con anís desde los asociacionismos agazapados en los rincones de la oportunidad que abre comillas a los fracasos suscritos y el poeta no puede cerrarlas, no, no puede cerrarlas. Doscientos mil automóviles vienen con hambre de velocidad inmediata, las mujeres ya no temen al sacrilegio de Roma y andan vistiéndose en el laberinto del orgasmo onírico. Me duermo con el cigarrillo apagado y las cenizas de lo que nos queda andan humeantes en la destrucción del mundo. Quisiera volver allí donde nací, donde dejé mi casa con muebles usados y marcados como corazones en los árboles de esta felicidad, que como un pez se escapa.