
Ahora llevamos una temporada que con el COVID-19 la juventud está encerrada. Aunque ellos se divierten a su manera, en Barcelona están ocurriendo cosas que vale la pena no acercarse por allí. Yo me siento ridículo en una discoteca o en un lugar de copas a mi edad. Pero el vandalismo eso sí que es intolerable. Por dos razones, en el caso de que sea política, la razón es evidente viendo que pagan justos por pecadores. Y la otra razón es que eso no es manera de divertirse, porque está bien que fumen hierba, incluso si emplean drogas duras. Está bien que bailen en mitad de las calles, que disfruten, que vivan, pero la fiesta no es liarla. Y lo digo por experiencia. Yo he sido joven y lo sigo siendo, pero liarla es algo que no lleva al buen camino. Puedes tirar piedras a tu propia casa y todo funciona bien en base al alcohol que no has sabido tomar ni orinarlo. Los amigos, cuando te ven problemático dejan de juntarse contigo. He vivido eso en mis propias carnes en tiempos que me encontraba totalmente confundido a cerca de la amistad y otras cosas que no diré. Diviértanse pero con conocimiento. Yo ahora que no salgo es lo que puedo aconsejarme. Ha habido momentos que me he divertido sin tomar ninguna sustancia, ni siquiera etílica. Las veces que más problemas he dado a padres y amigos ha sido por el alcohol. Pero la fiesta ahora por culpa del COVID-19 ha cambiado. Como cierran las discotecas se limitan a beber alcohol en plena calle, y eso a la gente mayor no les resulta agradable. Divertirse con control.

Cuando hablo de justicia poética no hago alusión a la película estrenada en 1993 titulada Poetic Justice del director John Singleton, cuando digo Justicia poética me refiero a los hechos que estamos viviendo en estos nuevos amaneceres. Debo de empezar este breve simulacro contra la reclusión obligatoria añadiendo que, para nada es de Justicia Poética el que fallezca tanta gente y mucho más si éstos son ancianitos huérfanos -estos sí- de toda justicia, incluso la divina. Pero ya que hablamos de lo divino, no creo que nada tenga que ver Dios en este asunto, aunque sí el azar, el azar es un gran ordenador, un gran justiciero, en este caso poético. Que todos estemos en obligada reclusión puede parecer ilógico pero así es este mundo que hemos creado entre todos a pasos de gigante. ¿Nos merecemos este tipo de justicia poética? Nosotros, que hemos hecho tanto por las especies animales, que tenemos unos océanos puros y cristalinos, que tenemos a más de la mitad del mundo pasando hambre, nosotros, que somos el origen de tantas injusticias, de holocaustos, de campos de concentración, en fin, nosotros que hemos hecho de este mundo un infierno y ahora estalla la bomba en nuestras manos justo ahora que íbamos a cambiar temas como el cambio climático, la pobreza mundial, que acudimos como locos todos ante la deforestación del Amazonas. ¿De qué nos ha servido tanto esfuerzo en preservar la naturaleza? ¿En mantener en armonía a los pueblos? Qué mundo tan placentero nos había quedado y ahora ZAS! Como el que no quiere la cosa está tan vacío, tan ordenado que aún no creemos en el caos que hemos engendrado, no, no es alarmismo, es Justica Poética y nada más que eso, ¿cuánto tiempo más nos queda esperar paz? ¿Cuánto?

Llevo años de encierro por circunstancias de la vida. Ahora hacen lo mismo que yo he hecho millones de personas. Si no estuviera muriendo tanta gente diría aquello de “joderos”. Pero la cosa es seria, va en serio. Parece una cuestión de venganza pero por obra del destino o de la divina providencia he encontrado un aliado para que los demás comprendan mi triste día a día. La cosa es seria, como mi problema, pero el COVID-19 unirá a la gente, cosa que no ha hecho la política, ni las redes sociales, aunque una cosa es cierta, sin Internet el COVID-19 sería algo más que una pandemia, es decir, tendría dos aspectos que la harían más dura de lo que lo es hoy y ahora. Tendría el aspecto en sí como enfermedad, que es muy preocupante y peligroso, y el otro, el aspecto tóxico de la mala televisión. Esa pobre gente que vive en cuarentena y la que se encierra por prevención, a veces no tiene nada más que la putrefacta televisión. Pero Internet, insisto en ello, nos ha salvado la autocrítica y la variedad de contenidos. Ahora es momento para estar en familia, para estar en casa. Mi hermano hace unos días me envió un enlace interesantísimo, un artículo donde se expone el prólogo donde Enrique Vila-Matas nos habla de Toteking (rapero de los inteligentes y cultos) y al parecer ha escrito una novela un tanto peculiar, Búnker se llama, en ella está escrito el prólogo que le pide el autor a Vila-Matas. Debido a mi reclusión, ya no por el COVID-19 sino por otras causas, diré que me hice acopio de varios libros que Vila-Matas hace a Toteking, el primero Guía de Mongolia de Svestislav Basara, libro que no he podido conseguir por su publicación en Tapa blanda, o sea, papel, está en muchos lugares pero una cosa que me dejó la droga como efecto secundario es la sed de inmediatez, también ahí nos sugiere otros títulos que sí he podido conseguir, uno es El Tercer Policía de Flann O’brien, un libro divertido con gran ingenio, el segundo Aforismos de Lichtenberg y el tercero Tristam Shandy de Laurence Sterne, los he comprado de inmediato, porque visto lo que escribe Vila-Matas sus lecturas no pueden perder ese sentido humorístico que su obra tiene, cuidado con COVID-19.
