El bálsamo de los escritores

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El bálsamo de la gente es tener dinero, tener amigos y tener amor. Pero el bálsamo de los escritores son las librerías de viejo, las librerías con el poder del olor, del olor a libro nuevo, y sobre todo, los libros, los libros que te dan el poder de pensar por ti mismo. Da igual que estos sean amarillentos o límpidos de un negro sobre blanco que siempre apetece antes del sueño. El bálsamo de los escritores son las películas, las películas ya sean clásicos o novedades interesantes. Pero una cosa se percibe entre el bálsamo de los escritores, es un afán ameno de sueños imposibles, digamos, por ejemplo, que son una manera de estar embutidos siguiendo el rastro de las frecuentes escuelas del arte sin engañosa procedencia, porque no se atreven con el timo a posta de un Tapies o de un pintor abstracto, que juegan en un hábito que no pertenece a la memoria colectiva y no es reconocida por nadie. El bálsamo de los escritores es una laguna en los hombros. Como si de un hecho seco donde no tengan pie a que se ahoguen las libélulas sin el agua oscilante de las acequias en los huertos. El bálsamo de los escritores es el lenguaje, el propio y el ajeno, el que se reinventa como un alfabeto reconocible el abecedario de todas las cosas a las que se les tiene apego. El bálsamo de los escritores son las palabras, las palabras zurcidas por los sentimientos. ¿A quienes pertenecen los escritores? Sin su bálsamo consolador que a todas las esquinas llega ese bálsamo. ¿A dónde estarán las lenguas muertas entre los sueños nativos de los escritores que comprenden el resplandor de las metáforas? Pues están ocurriendo mientras les ocurre la vida en la suerte de palabras que jamás fueron dichas por un charlatán.

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