Posted on 0:39

Si crees que ya no soy el que era porque cambié al volverme loco, no me quieras. Si crees que ya estoy finiquitado, acabado y soy una molestia, no me quieras. Si has aborrecido todo lo que yo soy, no me quieras. Si crees que te he dado mala vida por ser locuelo, borracho y joven, no me quieras. Si pretendes echarme en cara todo aquello que me has dado, no me quieras. Si crees que soy una persona impresentable, una vergüenza, algo de lo que no estás orgullosa/o, no me quieras. Si alguna vez te he lastimado porque no entiendes mi alegría, no me quieras. Si crees que soy un cero a la izquierda y soy un ser repulsivo, no me quieras. Si crees que no he sido ni buen hijo, ni buen amigo, ni buen marido, no me quieras. Si no valoras aquello que ofrecí a la noche como un agua azucarada, no me quieras. Si crees que no valgo la pena ya y te he decepcionado, no me quieras. Yo sí te querré a ti. A vosotros. Porque sois lo único que tengo en este mundo. Cuando me faltéis os seguiré queriendo. Y vocifero como un loco porque al fin soy tu hijo. No me quieras si quererme es un problema, no me quieras porque crees que no estoy bien de la quijotera, no me quieras si notas que no te quiero. No me quieras ya que crees que te molesta mi presencia. No me quieras si crees que he perdido el sentido del ridículo. No me quieras si crees que soy un desgraciado. No me quieras aunque otra persona pudiera haber sido. No me quieras si ves en mí demasiados defectos. No me quieras si no te quiero. No me quieras porque soy distinto a la gente de bien, no me quieras.
Posted on 9:17

¿Por qué me siento empujado a este frío desconsuelo? Si parece que me arrastren la vida por el suelo. Llevo una flor tatuada del corazón al cuello, me la puso el asombro que me dejó perplejo. No soy víctima de nadie, se finiquitó mi tiempo, ahora soy una mancha en un pañuelo, de momento soy esclavo de mi propio pensamiento. Luego vienen las fronteras, aduanas con sus perros. ¿Cuántos poemas preciso? ¿Cuántos versos? ¿Deseas una disculpa, un lo siento? Me someto al diluvio, al aguacero, me callo si no encuentro, me someto a la tortura donde puse tanto empeño, los amigos son presagio y sortilegio. Andaré sobre distintos alfabetos repletos de silencio. Andaré entre oscuras sombras, sin bagaje y entre mundos paralelos. ¿No existe sabio que me dé tal vez consejo? Un suspiro de mi aliento, del absurdo nace el miedo. Soy un hombre, un hombre noble cuando puedo, otras soy blanco ruido en estéreo. No creáis compañeros que estoy solo sin parentesco, tampoco me arrancaron el resuello, soy hijo de un Dios menor que me dio un Si bemol entre florituras y arpegios. Soy una causa fallida con rancio abolengo, un ir por ir deprisa para padres, tíos y abuelos, soy una verdad derretida para la mentira que mastica hielo. Jugué a este tramposo juego, un despertar incierto me despertará después del desvelo. Son amuralladas cábalas por las que a nadie pertenezco, ahora soy hombre completo. Un hombre sin dinero, con la felicidad en detrimento. Invento por inventar. Locura es ser algoritmo, códigos de unos y ceros. Existen hombres capaces de morir por un beso negro empapado de veneno. Soy mitad de lo que pienso. Soy culpable de lo que entrego y aquello que a casa me llevo. Callo de dureza, entre marfil, hueso, realidad mugrienta del esqueleto.

Yo creo que el verdadero infierno es la Tierra. Es un lugar inhóspito, injusto y nada agradable. Decía Dante Alighieri que para subir a los cielos tienes que pasar por el infierno. El infierno está aquí, junto a nosotros. Nos enseña sus fauces constantemente. Pero esto que digo no es nuevo. Las personas nos mantenemos al límite de la maldad provocada por varias razones. Esto no quiere decir que no exista la bondad, pero cada día es más imposible de encontrar. Pasan las estaciones y pasan los años simultáneamente. Para vivir en un infierno no es difícil hallarlo en cualquier parte. El cielo está adjudicado para las grandes fortunas. Esas, que creen que morirán con trajes de seda italiana y una cuenta corriente en Suiza. No me gusta este mundo, quizá sea porque tengo cortada la luz y el agua. Facturas y pagar más facturas. Este año tampoco habrá vacaciones para mí. No me apena. El mundo está cada vez peor, pero no le damos importancia. Una persona inteligente es aquella que sabe callar cuando es preciso, y no habla tonterías. Sin duda hablar por hablar es no pensar lo que se dice para dilucidar coherencia.

No encuentro ninguna razón de peso por la que deba seguir escribiendo. No creo en la crisis del folio en blanco. Sin embargo, he repetido tanto y he reiterado tanto sobre el tema que escribo, que ya me aburre. No encuentro el fogonazo ese que te hace gozar mientras escribes. Para mí no tiene sentido seguir con esta labor terapéutica. Aunque yo no la conciba como algo al que deba dedicarle tres o cuatro horas al día, para mí no tiene significado redundar y redundar cuando ningún libro puede cambiar a la humanidad, aunque sí creo que éste pueda ser un revulsivo para alguna persona en particular. El mundo es demasiado pequeño pero a la vez inmenso desde nuestra perspectiva de seres humanos. Escribir poesía a veces me causa vergüenza ajena. Hay poesía que se comparte que no me dice nada, puede que para otros yo sea superficial. La poesía es algo muy difícil de realizar coherentemente. A veces no sabes si escribes para que te lean o para ti mismo. Yo no puedo leer un poema mío más de dos veces porque me causa cierto dolor, y me parece vanidoso y carente de pureza literaria. Yo escribo sobre la contracorriente del mundo. No pretendo polemizar, pero sí ando por caminos que para el estereotipo de “persona normal” no guarda ningún interés. Ahora voy a publicar otro libro, y ahora sí dejaré de escribir durante un largo tiempo. Estoy dejando de creer en lo que escribo. Sólo interesa a una minoría que muchas veces no está por la labor. Incluso ni leen. Porque lo que quiere la gente es arrimar el ascua hacia su propia sardina. Y es lógico. Lo que llaman como poesía buena es tan trivial y tan anodina que produce náuseas. Es comprensible, lo ven un tabú lo que yo escribo. Un tabú gritado a los cuatro vientos. Solamente hay un público minoritario, y la gran mayoría se sienten mal cuando te escuchan recitar, aunque yo no recito nada. El caso es que prefiero escribir para un ciego antes que para trescientos mudos. Aunque muy pocas veces callan. Prefiero agradar a quien comprenda de verdad lo que escribo. Tengo un amigo que me anima a escribir poesía rimada. Mi criterio es, que no tiene lectores. En cuanto ven un verso rimado algunos son acertados, pero repito, el tema que yo suelo tocar es tabú. Dicen que hablar del tabú es de mal agüero. Es posible.

Las primeras historias que relaté fueron mis propias mentiras. Después seguí mintiendo y llegué a perfeccionar lo que inventaba. Tras los diecisiete años dejé de mentir oralmente y lo empecé a hacer en libretas escribiéndolas a mano. Rellenaba poemas, alguna anécdota de manera exagerada. Mis historias inventadas eran mentiras como la de que tenía un hermano mayor que yo, también en el colegio decía que tenía una pastelería, y también otras que no diré, pero mi infancia y mi adolescencia en parte ha sido una mentira unida a otra. También inventaba historias en mis juegos con coches en miniatura. Jamás pensé que escribiría. Escribir por ejemplo ficción o autoficción es para mí algo que me gusta hacer. Para mí resultaba algo que me gustaba la actitud frente a mi frustración de indefensión. También porque quería aparentar lo que no era. Muchas veces se han reído de mí debido a que han descubierto la realidad. O sea, que las mentiras tienen las patas muy cortas, y se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Ahora sigo mintiendo pero con justificación, aunque verbalmente diga la verdad. Al encontrar la gran verdad de la vida dejé de mentir de forma oral. Los poetas y los escritores son todos unos embusteros. Existe cierto complejo de inferioridad para crear tanto mundo interior, con lo cual, no sé si es una virtud escribir historias desde la ficción. También mentía debido a mi ingenuidad. La verdad, y no es por alardear, tengo mucho mundo interior, y he vivido aventuras demasiado reales. Pero sobre algunas partes de mi vida jamás contaré nada. He vivido deprisa y hay cosas que mejor guárdalas como una custodia para toda la vida. Cuando mentía y, sabían que mentía, la gente no se reía en realidad, yo creo que les causaba pena o cierta tristeza. Ahora sigo mintiendo, pero miento inventando personajes, tramas y mucha sinvergonzonería. Escribir ficción es algo que me gusta, también la autoficción. Pero intento crear mundos que parezcan lo máximo posible reales y que no hagan aguas naufragando. Tener credibilidad en cosas de la vida, pero en literatura se sabe que todo tiene cierta mentira, aunque alguna cosa sea verdad, o la copiemos de escritores que nos precedieron. No creo en el hecho de ser epígono. He mentido mucho en esta vida. Muchas veces mentiras piadosas. Así es la cosa literalmente.

El contagio de vivir con o sin verdad, amigos que perdí y no volverán jamás. El simulacro de sentir, la ceguera al dialogar, lo mal que procedí, el milagro por llegar. La tozudez del porvenir, que sepamos no vendrá, la angustia del día sin fin, la agonía que se nos va, la negrura del morir, la pandemia en lo vulgar, el rapsoda que no está, el molesto sinvivir, la precaria vejez, la impostura y desnudez, el intento de resistir a lo que no se sabe dar, el infortunio al presentir, el vacío de los que ya no están, la farmacopea en mi botiquín, lo necesario del neceser, el aliento lejos de aquí, el miedo que me niega ser feliz, la locura en un hospital, la mañana que nada ve, la proclama del deber, la astilla que no está. La razón del proseguir, el confeti en Navidad, lo imposible de mi mundo del revés, las cositas del querer, ese pensamiento que viene y va, el resquicio de la paz, el noctámbulo porqué. La fogata que encendí en el epicentro de la ciudad, la martingala de existir, el conjuro de mi enfermedad, el perjurio es mi lugar, dar la vuelta al calcetín de los sueños que traslúcidos están, el buen augurio de buena fe, el responso con una tenue mitad, la mitad que yo no sé, la misa que aprendí, lo sagrado de no ser, todo aquello que mordí, lo que aún está por ver, retales de verdad, argucias para prescindir de mí, desde la salud a la enfermedad, estar lejísimos de tu hogar, exhibirte porque se debe existir, la hipocresía de un “Dios dirá”. El bocado que probé, la alegría sin pared, el préstamo por acabar, el lento mes a mes, la Anunciación de Gabriel, la tele en el cuarto de estar, la primera persona del singular, la segunda del plural, todo mi mundo a mis pies, la verdad que se intenta resarcir, el abismo que nos plaga de mal, los caprichos que se antojan ante el tedio sin final, pensamientos que insistí y que tuve que albortar, la inapetencia del volver, la pereza al despertar, la lentísima quietud, temer a quien pierde gas, la razón que pretendí, perderlo todo de una vez, la incoherencia de achantar, la coherencia de no ser, en voz baja cantamé un canción fraternal y mi copiosa ebriedad sea siempre cascabel. A tocateja te entregué mi única virtud y mi libertad, la cólera al revolver esa inapetencia sexual, la rutina de no tener, el vacío existencial, fugitivo del deber te llaman burgueses indecisos estatuas de sal, el comienzo a enloquecer, los que te salvarán, el malísimo perder, el cachito de pan, pertenecer a lo que nunca quise pertenecer, ser otro loco más, ¿qué más puedo ya perder? Si perdí inocente libertad, me hice rareza y breve tibieza, flaco favor que empieza terminando la leyenda o un libro de fuel, combustible del saber, la vegetal prisa sin maleza. La pulcritud y la sutileza, otro divino manantial para beber en ofrendas de cristal a los ojos que volverán.

Si yo no fuera yo mis padres irían distraídos alucinando en los supermercados, ninguna tristeza ahogaría su alegría, y soñarían quizá que me graduara en Harvard, mis hermanos se atreverían a cruzar el umbral de la puerta de mi casa, que reverbera de ecos y voces solamente mías; si yo no fuera una especie en peligro de extinción y fuese un primo hermano del silencio que se cansa de serlo, que cae derrotado porque se escucha hasta la entraña rozar la hiel, tal vez no me amargarían los dulces empalagosos, y los zapatos serían todos de mi horma perfectamente adecuada, cuando se aventajan los miedos a las incómodas posturas, cuando con los pasos nobles se angosta el camino de los hombres como yo, y la perspectiva toma otro tramo, otra raíz escandalosamente tozuda, otro discurso perpetrado por un coyote. Cuando yo soy el pájaro enjaulado y sirvo para reclamo de la caza en arbolito, y entre la paradoja y las mentiras desnudas se sortea mi vida como una lotería fraudulenta. Cuando ya eres pasado y el presente es impostura y el futuro es incierto como una efímera dentadura que se deteriora. Cuando me agarro a un clavo ardiendo y mi quemazón perdura entre las cosas que nada valen por que son daño sin la cura ni el remedio que supura. Si yo no fuera yo y mi casa fuese mi verdadera casa. Si yo ayudara con la alegría a la gente que aprecio y quiero, que de verdad amo, como transeúntes circulan ante mi desfachatez de despreciados lastres en viaje en globo. Si yo diera calma a la sed de los sedientos, que se torturan el nombre, que los sentencia el apellido. Si yo fuese rey y no mendigo, de esta calle que arrasa con una verdad cruda, como un pescado de semanas, apestoso y podrido; si encontrara coherencia a esta necia travesura que me aísla del teléfono, la calle, el parentesco. Y si yo no bebiera la absenta verde en este error de ser yo, esta mala noticia de ser hijo de un dios menor, de ser tiempo que descose las costuras mal cosidas. Si yo fuese un cerebro creciendo en una pecera y esta tortura fuese una pieza de puzzle que no tiene lugar ni cabida ni encaja en este mundo que en la cara me estornuda. Si yo encontrara el hilo negro de mi paraíso perdido, ay, ya ni me recuerdo, y no encontrarme con algo tan lejano que ni encuentra ni transita. Si yo no fuera yo, mi padre no tendría una pesadilla ambivalente entre el péndulo y el diván del psicoanálisis. Si mi voz no fuera mi voz y mi pescuezo degollado no sería la cicuta que me brota del hombro a la cintura. Si yo fuese un Pegaso y este ritmo, el ritmo de la quietud de los árboles, en éste tramo, fuese una rareza enteramente muda. Si la luz no fuese luz y la oscura sombra no fuese la guerra que eternamente nos perdura. Si mi ocaso se atreviera a desmembrarme y la muerte fuese mi última aventura. Si yo no fuera nada… ¿qué sería? ¿Sería la mitad de lo que se llevó mi silencio tras la noche azul? ¿Sería un adulto con la pena tan honda que vértigo da mirarla desde la azotea? No quiero ninguna plegaria tras el miedo, no quiero ningún desprecio dormido, no quiero que me presenten al psiquiatra que me ate a una cama. Quiero ser yo ahora que no soy yo. Si yo no fuera yo, ¿en qué mentira apostaría mi destino?