¿Quién va a hacerle caso a un loco de la vida? A una persona que está como una chota. Cuando me llaman loco yo me ofendo, porque yo nací sano. De un tiempo hasta aquí comenzaron a llamarme loco. Los locos solemos callarnos y atenazados estamos ante tanta ignominia. Yo soy un loco, sí, pero hay una cosa que no me pueden quitar. Es la dignidad. Soy digno cuando digo la verdad, soy digno cuando acepto que me equivoco, y soy digno por que tengo la verbigracia de mi parte. Imagínense un mundo en total oscuridad. ¿Acaso no son los locos aquellos que inventaron la alegría de verse reflejados en los libres? Hay locos y hay libres. El sometimiento es parte de nuestra vida. Pero es solamente una parcela de la que nosotros somos los peleles. Los monigotes de pega que en Los Santos inocentes se pegan en la espalda de los incautos. Una broma pesada es la vida. Imagínense una vida sin apetencia. Una vida sin aliciente. Somos locos porque nos quieren locos. No nos quieren liberados de nuestro yo. Tenemos que encerrarnos y vivir con el miedo a flor de piel. Nosotros somos los benefactores de la distinción del mundo de la cordura y el elitismo clasista, y debemos perder siempre. Siempre.
Hay personas que no están dispuestas a dar treguas ni perdones porque son verdugos en potencia. Tienen una dote excelente para esclavizar al que piense de distinta forma a ellos. Normalmente son ellos mismos sus propias víctimas ya que donde las dan las toman, y también existe el tópico recurrente de que la violencia genera violencia. Estas personas te tratan con una violencia de ferrocarril. Pretenden que los demás seamos sumisos ante su totalitarismo. Ante su prepotencia, y no hacen concesiones de ningún tipo, ya que su evidente manera de someter a la gente es bajo la influencia del miedo y del sometimiento que ejercen deliberadamente. No hay tregua ni perdón para esas víctimas de la bellaquería y la barbaridad instrumentalizada. No tienen reparos en someterte y esclavizarte para que a través del miedo y la sugestión corrosiva creen un influjo de toxicidad que devuelven como arma arrojadiza. Los hombres malvados los implica Dios en ser instrumentos vengadores de su propio designio. Y pobre de aquel que no ejerza el derecho a reivindicar la total libertad de su naturaleza. Lo que no es concebible es el libertinaje. No se puede hacer daño a ningún ser gratuitamente.
Hay momentos que son de un tedio angustioso del que solamente podemos hacer frente con paciencia y resignación. La vida ofrece toda clase de variedades de sensaciones y desequilibrios repletos de momentos lentos y aburridos. Las personas somos como monigotes a la deriva de los momentos infelices y los momentos verdaderamente satisfactorios. Hay tres placeres verdaderos en la vida, luego están las cosas sencillas de las que también se goza. Estos placeres son el sexo, dormir y comer. Pienso sinceramente que el universo debiera tener acceso, si no al sexo, al menos a los otros dos. A veces te sueles enfrentar a un agobio producido por frustraciones, ya sean económicas, amorosas, o de salud. No es agobio, qué digo, es una derrota tan severamente angustiante que pasas por contagiar al personal. El verdadero sufrimiento en la vida es la muerte de un ser querido. Para eso no hay consuelo, aunque te den calor las amistades y la familia. Pero los verdaderos momentos de tedio son algo por lo que todos frecuentamos de alguna manera. A veces más y otras en menor medida, pero es algo impreso en el ADN existencial. No todo son alegrías y celebraciones.
Correr quisiera y abandonarlo todo por un suspiro caliente. Tengo la duda tan resabiada que no soy ni sabio ni inocente. Soy algo que redunda en el menoscabo a propósito de las palabras. Correr quisiera. Irme a los montes e irme a los campos a revolcarme por la hierba fresca. Quisiera correr pero sin salir huyendo. Quisiera marcharme de esta esclavitud de tercera comida diaria. Una cena en la que yo soy un comensal, el único, el solitario. El que le pica el ombligo cuando frecuenta los desaires del hijo. Busco un silencio que no me pertenece. Creo decir una plegaria rota de esquinas y fragmentada en la raíz del silencio de acero. No quiero volver a pensar en mí. Irme quisiera y abandonarlo todo de una vez por todas. Abandonarme a la suerte de los dados o de las quinielas que con cruces se alternan en un resultado de deportividad y guerrilla en una paz diminuta. No quiero coger promesas con mis manos, no quiero trajinar reproches en la visita de mis fantasmas. Yo prefiero caminar vestido pero mi desnudez es elegida. No puedo reprochársela a nadie. Porque es fría la mortaja del hombre que muere solo.
Es esencial leer a Gabriel Zaid y su libro El secreto de la fama para confraternizar con el autor. La fama es algo tan efímero que nos llega la soberbia y acabamos por no ser nada. Hay muchos poetas y escritores que aspiran a la fama a toda costa. Otros quieren hacerse ricos. Y yo me río de estos dos casos, porque la literatura es un oficio de pobres. Y aquellos que llegan a ser ricos son aquellos que han recibido dádivas de mandatarios y gerifaltes. Yo no puedo presentar mis libros, no puedo hablar en público, no soy afín a los actos literarios. Yo creo que jamás daría una conferencia. No soy un gran orador, no tengo don de gentes, y no soy ni culto ni mucho menos un intelectual. Soy aficionado a los libros y escribo porque me ayudan psíquicamente. No pretendo ser famoso, que me saluden por la calle. Tengo miedo escénico y una misantropía de la que carezco de cura. Pero hay buenos escritores que tampoco fueron escritores de televisión y de masas seguidoras. Un escritor debe ser una perfecta conexión donde haya transmisor que necesita de un lector, que sea receptor y tengan juntos un lenguaje en paralelismo totalmente literario, apartado de discursos estériles, y exquisiteces ridículas repletas de vanidad, de presentaciones donde uno sí no las ofrece no pone a nadie en compromiso para vender libros. Después hay que ser auténtico. Se debe ejercer como escritor apartado, respeto a aquellos que acuden a muchos actos sociales y cenáculos literarios, pero yo no valgo para eso. Carezco de oralidad. No quiero fama ni gloria, me conformo con un sincero reconocimiento de mis amigos y familiares. Conozco gente que pretende hacerse millonaria. Es lo más estúpidamente inverosímil y algo imposible. En esta vida se debe ser humilde, aunque un poco o mucha ambición literaria es importante, pero la fama y la riqueza no tiene ninguna explicación coherente de cómo se consiguen estas parcelas de la vida literaria. Aunque te esfuerces fehacientemente la literatura es un medio donde nadie perdura. Sólo los escritores y poetas y gente culta lee libros. También están los coleccionistas. Pero el mundo literario es fracaso tras fracaso. Se es famoso de éxito literario en los momentos que dispones de don de gentes, eres extrovertido, eres locuaz, y ansías vanidad, también ser buen orador ante el público. Cada cual es libre al querer estas martingalas anodinas, otras cosas son verdaderamente más interesantes.
Reniego de la ley de vida. Porque mueren los jóvenes hermosos mientras que los malos son longevos y llevan al cadalso a criaturas repletas de juventud. Reniego de la ley de vida, porque no hay cosa más injusta que la ley de vida. Nos acompaña mientras vivimos y con el dolor en nuestras carnes vemos a ancianos morirse en la ley de vida, aunque sé que la vida duele, pero la ley de vida es sólo muerte. Porque esa ley sólo tiene un camino. El silencio de los cementerios, aquellos que causan una pena reverente, porque todos pasamos por eso. Es ley de vida. Esperamos el milagro que nos dará la resurrección en el embustero cielo que nadie ha visto, y nunca nadie ha regresado. Cuando muere alguien el vacío es inmenso. La solemnidad triste es el silencio del cementerio que nos espera, cada uno en nicho, cada panteón familiar ocupado. Pero no todo es tragedía. Está el calor de las alegres compañías, los bares en ocasiones de opulencia económica. Están las vacaciones, las navidades, los cumpleaños. Pero siempre nos quejamos de la trivialidad de todo eso. A todo le ponemos pegas. La vida es estupendamente magnífica.