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Gusanos de seda

Posted on 19:22



 Yo tenía una caja de gusanos de seda escondida para que no la vieran mis padres. Aquella caja donde guardaba los gusanos era de zapatos, simple y blanquecina, de cartón y con agujeros hechos con un punzón de hierro oxidado, se la enseñaba a mis amigos cuando venían a visitarme. Esa caja era -además de un secreto preciado- todo mi modesto patrimonio, mi única razón de ser, mi ilusión y mi obligación diaria. Yo guardaba con algún recelo mi caja de zapatos, la custodiaba como a mi descubrimiento, descubrimiento que yo iba dilucidando de poco a poco. De vez en cuando alimentaba a mis gusanos con morera, morera que yo mismo recogía en los árboles de un parque cercano a casa, la recogía y se la ofrecía, los cuidaba y los mimaba, los miraba y los tocaba, corrían por mi mano como seres a su libre albedrío. Un día, aquellos gusanos de seda metamorfosearon en crisálidas (en capullos de seda), con el tiempo se hicieron mariposa, mariposas grises y horribles, parecían monstruos que desde los tiernos y débiles gusanos emergían, yo me quedé con tan solo unas hojas de morera marchitas, mi patrimonio secreto ya no tenía valor alguno, ya dejó de pertenecerme, la ilusión quedó arrumbada en un rincón de la memoria. Ellos dejaron su olor impregnado, dejaron su recuerdo marchito, el secreto ya no era secreto, los gusanos ya no eran gusanos, la caja de zapatos terminó su labor de custodia y de experimental naturalismo, ya no tenía obligación que cumplir, me quedó una ausencia como un sentimiento extraño, como una buena lección aprendida, entendí que las cosas tenían la capacidad de transformarse en otras cosas que quizá no nos gusten, entendí que la fealdad de la vida se desplazaba caprichosa.