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Aprender jugando

Posted on 17:40



 De niño jugaba recreando historias con unos soldados de plástico y coches en miniatura. Yo creo que ese, y el agravante de que era un mentiroso, me prepararon para contar historias en un futuro más tardío. Recuerdo que si me faltaba un soldado de plástico o un coche no podía seguir con la historia. Imaginaba historias de amor y de guerra. Era todo como parte de un teatro y yo un semidiós que destinaba cada personaje de esa historia histriónica en una película con actores de plástico. Los actores valían 15 pesetas el sobre. Las paredes y los bajos de los muebles eran como parte de una ciudad que yo iba imaginando al unísono. Era como relatar un sueño estando despierto. Al relatarlo no dejaba ninguna fisura fuera de la historia que yo iba montando a medida de que iba jugando. Cuando era la hora de ir al colegio y mi madre me avisaba era como despertar de un sueño, un dulce sueño que se evaporaba como una mancha de disolvente, un sueño del cual no quería despertar. Al escribir es el momento ideal para pasárselo bien y ponerse a inventar una historia improvisando sobre la marcha. Aprendía mientras jugaba. Recuerdo que para sentirme más protegido frente a la gente más grande que yo en edad decía que tenía un hermano mayor, que yo justificaba como si estuviera trabajando y viajando. Ellos sabían que era mentira, pero me seguían la corriente. Escribir es mentir de alguna manera. Y cuando se crea un relato del que no existen factores fuera de la ficción es preferible imaginar e imaginar y dejar que tu cerebro se cubra de ensoñaciones para entretejer un cuento que debe parecer creíble o ser verdad. Escribir es jugar, y para un niño aprender jugando es una cosa sensata a la vez que seria. El juego es tan importante en la infancia que somos aquello que imaginamos, e imaginamos porque podemos, sin la imaginación no existiría la literatura, pero mucho menos la infancia que necesita soñar.