Temer a Dios

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Descubrimos que existe un Dios cuando vemos que el carrusel de la vida juega para todos con una cierta temeridad. Tememos a Dios cuando lo encontramos en el transcurso de tiempo en que se nos ha otorgado la vida, ya sea triste o alegre. Para todos todo cuando vemos que para todos es un mismo itinerario del que nos sentimos como un reflejo en el espejo. Temerosos de Dios somos cuando hacemos un boceto de aquello que desconocíamos. Y encontramos tras la sorpresa a un dios justo que se resbala con una cáscara de plátano. Temer a Dios es tener desconfianza de lo que somos. Ninguna religión nos apartará de nuestros propios demonios. Jugamos y escribimos aquello que hemos aprendido frente a la desesperanza. Temer a Dios es lo único que nos asemeja y nos hace iguales. Porque no es imposible que estemos tan desesperados por encontrarle. Muchos encuentran en Dios una forma en la que odiarle. Porque la vida no es buena para nadie. Para nadie. Aunque estos hombres hayan nacido con un paraíso eternizado todos vivimos con la gran verdad del mundo, con la gran verdad del planeta, ataviada de púrpura en el sol que mueve y muere como las auroras en invierno del lánguido tedio que nos sustituye.

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