Posted on 3:06

Me han publicado (digamos mejor diagramado y editado) tres libros en cuestión de un mes, dos poemarios y una novela. Se han elaborado en Caracas (Venezuela). El primer poemario se imprimió (en teoría) el mes pasado, el segundo poemario este mes (que lo dudo), y la novela en octubre (que sería un milagro). He imprimido por mi cuenta doce ejemplares del primero de 66 páginas, también he imprimido por mi cuenta quince ejemplares del segundo poemario de 70 pp. y también he imprimido por mi cuenta tres ejemplares de la novela de 240 pp. En total he gastado unos 400€. Dinero que me ha despojado de placeres veraniegos. No me importa, todo por el arte, me he sacrificado, es evidente. Mi entorno social no lee, aunque sabe leer y escribir, pero no lee. Cuando les digo que el primer poemario cuesta 12€ y el segundo 15€ me dicen que es muy caro, que para un librito tan fino es un precio muy caro; ignoran que cualquier poemario es de esas características, así que he acabado regalando todos los poemarios porque lo ven caro, y dicen que por la novela sí me darán el precio que pido, que son 18€. Un precio demasiado barato tanto para los poemarios, como para la novela. Muchos no quieren ni hablar de libros. Otros quieren sólo la novela, los poemarios no los quieren y no han leído ni el título. Debido al coste que supone traer ejemplares (van a imprimir mil ejemplares de cada uno en teoría) desde Caracas a Barcelona, he optado por imprimirlos aquí en Barcelona por mi cuenta y ahorrarme dinero que no tengo, pero uno piensa, todo por tener lectores. Sé de antemano que en mi entorno ni se van a leer los poemarios gratuitos ni la novela a bajo coste. Sé que permanecerán en un anaquel olvidados hasta que el polvo los amarillee con saña. Quizá a alguno le despierte curiosidad y opte por leerlos, cosa que me encantaría, pero la cultura atrae a casi nadie de mi entorno. La cultura no es un negocio en el que unos cuantos se lucran y otros pocos se quedan mirando viéndolas venir, o sí. No lo sé. Lo que sí sé es que en mi entorno no se tiene ningún afecto por la poesía, y la narrativa tampoco les atrae lo suficiente, sé que si quiero un prestigio mi obra tiene que hablar por sí sola, ya que mi entorno está demasiado ocupado viendo la televisión. Déjenles, bastantes problemas ya tienen los pobres. Cada uno elige lo que le agrada al paladar y es libre de hacerlo cómo, con quién y cuándo quiera. Las veces que quieran. Viva la libertad de elegir. Olé.
Posted on 3:19

Odio el verano y la Navidad. No, no pretendo aguaros la fiesta. Pero estas fechas son tan asquerosamente injustas que prefiero los días de rutina antes que estos días donde todo el mundo cree tener derecho a la “felicidad”. Y se equivocan. La felicidad es algo tan de nadie como el dinero o como la verdad. Todos tenemos derecho a ser felices pero olvidamos muchas cosas, por ejemplo: que no se puede ser feliz a costa del sacrificio de otros, o por ejemplo: esos que a la hora de la celebración hallan una silla vacía. Muchos dirán eso es demagogia barata, yo soy feliz con poca cosa, pero nunca se está a gusto con lo que se tiene, o mejor decir, con lo que no se tiene. Muchos hablan de toxicidad y yo lo llamo egoísmo. Cada cual sabe la piedra que va arrastrando. Y a veces la parcela de felicidad es un quítate tú para ponerme yo, yo no quiero felicidad, los felices son tontorrones y egoístas, yo quiero plenitud, llámenme como quieran, pero en éste manoseo de intereses el que pierde siempre pierde a costa y en pos de la felicidad. Pongo como ejemplo un No absoluto, a ver si así nos enteramos del precio de lo que es un derecho o una ceguera momentánea.
Debo mantener la casa cerrada en verano, pues vivo frente a una plaza pública y temo que entren las moscas de la calle. Odio las moscas. Son insectos asquerosos y pesados. En la plaza pública se oyen toda una miscelánea de sonidos que no te dejan desplegar las alas de la verdad, son sonidos amenazantes, inquisidores y son parte de una fauna que no me interesa. Se oyen aullidos, silbidos, motores en marcha, gritos de locura alegres o estridentes, se oyen cacareos, se oyen peligrosas y teatrales imposturas, amenazas y golpes en las puertas, y timbres que suenan para apresarte. La plaza pública en verano es como un rumor a unos metros de ti, empieza en el crepúsculo, cuando el sol no es molesto y sí muy preciso, prosiguen en la noche, hasta la entrada en madrugada. Los rumores en la plaza pública pueden ser algo pesados, pueden hasta intoxicarte, debo cerrar las ventanas en verano, si no quiero vivir en un infierno de asfixia y ansiedad constante.
Todo este texto escrito por mí en otro tiempo, en otras circunstancias, es fruto de mi enfermedad. Una enfermedad que no es buena, mi psiquiatra dice que soy un “atormentado”, y quizá tenga razón. Todo el mundo sórdido, hostil y de vida precaria en calidad es este escrito del pasado, está escrito bajo la influencia psicótica, donde cualquier ruido, cualquier conversación en la calle es tomada en contra de tu equilibrio mental. Es síntoma de mala salud, pues cuando vives con las ventanas cerradas en verano muy dudoso es el equilibrio que te mantiene puro, muy sufrida es la vida con un ventilador de aire viciado y una calor de horno panadero. La asfixia verdadera es cerrar esas ventanas en verano, la asfixia verdadera es creer que cada ruido, cada conversación vecinal va dirigida a tu persona, y entonces tienes ansiedad, te conviertes en un misántropo y no hay alegría en tu vida. Porque la vida no es eso. La vida es vivir con las ventanas abiertas, socializarte con la gente, reír, bromear, hacer bondad. Ser sociable es un principio de alegría y salud mental. Ser agradable es síntoma de buena salud y una señal de virtud. Además, este escrito pasado recuerda a Nietzsche y su Zaratustra. Y ya saben cómo terminó la historia.

Cuando me iba yo de vacaciones, ya fuese en España como en el extranjero, nunca pensaba en los que no podían, o porque trabajaban o no tenían dinero, o porque su enfermedad se lo impedía. Ahora sí pienso, y bastante. Ahora con esta calor insoportable y el encierro en casa comprendo muy bien la otra cara de la moneda. Cuando antaño me iba de vacaciones parecía como si todo el mundo se fuera y no pensaba quienes tenían que trabajar, quienes estaban impedidos, quienes no tenían dinero. Salíamos todos en tropel con los coches por las autopistas e intuías una alegría extraña y parecía como si todos esos coches, o los pasajeros de un vuelo determinado, tuviesen un mismo destino compartido: el paraíso efímero. Y todos íbamos felices, y hasta algunos saludaban al sobrepasar tu coche, o en los pasillos del avión algún pasajero te sonreía, y todo era ilusión y el verano era azul y éramos maravillosos. Pero en este lado de la moneda, la de ahora, la cosa es muy distinta. Nos quedamos en nuestros hogares, frente a nuestros ventiladores, leyendo un libro, viendo una película, oyendo música, pero el verano de ahora es gris, y pasa muy lentamente, es aburrido y está plagado de ansiedades y de frustraciones varias. Entras en las redes sociales y todo el mundo goza de una alegría colectiva que ha dejado de pertenecerte hace algún tiempo. Pero no es envidia lo que siento, presiento que he dado de bruces con la realidad, la verdadera. La realidad de que este mundo da muchas vueltas, y lo que hoy es suerte, mañana es tedio, y lo que hoy es tedio quizá mañana sea peor. O también mejor, quién sabe.