
Esta vida nunca es lo que uno imagina. Ya no eres joven y la vida ha pasado deprisa. Pero afrontar otra realidad es afrontar otro Dios, otro trato, otra manera de pertenecerte. Molestas en cualquier lugar. Sólo los buenos de corazón se alegran de ver tu ancianidad. La verdad es lo desnuda que está la calle, y seco camina el invierno de primavera olvidada, cada verano es Escandinavia. Todavía recuerdas cuando antaño querías con alegría. Se van muriendo aquellos compañeros que algún día fueron niños con el corazón blanco. Empiezas por no poder dar una voltereta y acabas viendo voltear la vida en un anochecer expectante. ¡Con lo que has sido! Has sido prometedor, con ansias voraces de comerte el mundo, hasta que te das cuenta que este mundo te engulle. Te engulle y te equivocas en tu torpeza rememorando avispados avisperos de amigos buscando agua y barro, cada cual a la suya. Afrontar otra realidad es afrontar un mundo que te considera ya tardío, como óxido con la verdad necesitado de nimio consumes el hecho de ser un perro derretido por la vida que fue acero. La vida no es mañana. Es caducidad que nos encuentra.
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El ángel bueno que todos llevamos dentro. Él ángel de la compasión, el benefactor, el complaciente. El ángel anunciador, el ángel de la caridad, el benevolente. El ángel exterminador, el ángel justiciero, el de la buena muerte. El ángel del tatuador, el ángel de la soledad, el ángel de la suerte. El ángel que todo lo puede, el ángel que a nadie teme, el ángel penitente. El ángel provocador, el ángel evocador, el ángel del flamenco, el ángel de lo inconcreto, el ángel de los ausentes. El ángel cautivador, el ángel valiente, el ángel siempre presente. El ángel sentenciador, el ángel ambivalente, el ángel de la guarda, el ángel que está presente, el ángel perpetrador, el ángel sin sexo, el ángel con un gran pene, el ángel oscilador, el ángel consecuente, el ángel masturbador, el ángel caído, y el polivalente. El ángel perseverante, el ángel fulminante, el ángel de los ángeles, el ángel bueno que todos llevamos en mente, el ángel de los dementes, el ángel que es todo corazón, el ángel de paz, y el ángel preferente. El ángel niño, el niño ángel, San Francisco de asis, y San Gabriel Arcángel, y el ángel de mirada latente. Ángel Guinda, Ángel Cristo, Ángel Nieto, el Ángel listo, el ángel sabio, el ángel de todos los negros, los angelitos buenos, los ángeles que van al cielo, y el ángel independiente. El ángel de los jorobados, el ángel que come pan migado, el ángel de los acobardados, el ángel que ya no es pringado, y el ángel impertinente. El ángel de los ciruelos, el ángel de los almendros, el ángel de los poliedros, y el ángel de los que no tienen dientes. El ángel de los hospitales y el ángel de los matasanos, el ángel de los gusanos, y el ángel de los teleñecos y el ángel sin ningún regomello.

Yo no digo que seas malo, cuando hablo en segunda persona del singular me refiero a la segunda persona del plural. Quiero hablar del mundo, pero qué sé yo del mundo, si apenas he salido, y cuando lo he hecho ha sido por motivos amorosos. Cuando hablo de ti, me refiero a vosotros, al mundo que me mira y yo no puedo ver. A veces me salgo del trazado, o cruzo alguna frontera, pero aquí el malo no eres tú, ni yo. Aquí los malos somos ninguno. Estamos ante una confusión más antigua que lo que el hombre y la mujer puedan recordar. No mentir, esa es la base. Y si mientes que sea por piedad. Aunque algunos prefieran ser engañados. Por eso de la esperanza que nos vacía. Tratar de eludir aquello que llevamos como un peso muerto es cuestión de intentar dejarlo guarecido y olvidarlo lo máximo posible. Es parecido a acostumbrarse a la soledad. La soledad es a veces tan necesaria que se busca como un bálsamo reconfortante. La soledad es reencontrarse con nuestra verdad. Repito, la maldad para los malvados, para la buena gente es mejor desear buenos augurios. Que sean felices, que vivan sin hacer daño a nadie. No mentir y tratar de eludir la voluntad errónea de los resentimientos. Se debe eludir la venganza, la sed loca de venganza. Las personas no somos todas iguales. Es más atractivo el mundo con su diversidad. Lo que es cierto es que degustar un café cuando te levantas, una copa de vino en la tardía hora crepuscular. Disfrutar de lo que se tenga. Se debe cuidar con esmero el patrimonio sentimental. Pero siempre existe un momento donde la vida se hace insoportable. Vuelven las sombras. Y todo se pudre de indiferencia.

Llueve en el interior de mi casa. Llueve a cántaros. Y no tengo un paraguas un simple chubasquero para impermeabilizar la lluvia. Es aberrante la lluvia seca que cae. Cae a remolinos una tormenta de plomo y hastío. Caen los chuzos de punta, caen como puntillas de acero. Todo cae. Cae mi esperanza a los charcos y barrizales. Cae el sueño que me acompaña como un niño desnudo. Cae la solitaria voz que no escucho hace rato, horas, días. Caen truenos y relámpagos, cae un agua barro sucia que circula como un río por las calles. Caen mis lágrimas entre la lluvia, como en el replicante de Blade Runner. Los soportales guarecen de la lluvia, pero ni nada ni nadie puede calmar esta tormenta acuciante. Me encuentro entre está vorágine de agua solitario y sin consuelo. No puedo sujetar mi alma con esta agua embarrada que cae sobre mí. No me conoce, pero cae sobre mí. Cae sin compasión. Cae deliberadamente. Quizá mañana salga el sol. Tras esta lluvia que arrasa con todo puede haber un sol tras este chubasco. Tras esta lluvia que cae como agujas de agua fina. Una vez me preguntaron ¿te has sentido cansado de la rutina de la lluvia? Y yo contesté que ya estaba acostumbrado. Que muchas veces cayeron chubascos y anticiclones en el interior de mi casa. Cae agua a cántaros y está todo seco, pero cae y cae agua ¿sobre seco o sobre mojado? No sé, esto es algo que no entiendo en absoluto. Cae un agua turbia pero limpia, limpia pero barrosa, barrosa pero cae en un secarral. No sé si someterme a la lluvia o sucumbir al regadío de acequias que se duermen entre pececillos de plata. Entre sequía y más sequía. Entre charcos sin agua alguna.
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En el día de la proclamación de mi muerte espiritual comprobé el regusto de la soledad. Mi madre me dijo: —si te pasara algo, tu padre y yo nos moríamos. Conocí la conspiración a los hijos del mar. Sabía a salitre y olía a brea. En el fondo marino, del cementerio al fondo eterno del misterio, donde los calamares son gigantes y hay criaturas que huyen del sol porque no les ama, hay gente extraña que enciende su luz entre los párpados de la noche. Entre un pestañeo y otro. Ese es el don de los necios acróbatas. Por eso tienen memoria de pez, y por eso estás tú ahí. Para recordármelo y empujarme al abismo. Me lo recuerdas con sed de venganza. No gusta a nadie que te fastidien la noche. Los hijos del mar son escozor y duda, olvido y el reflejo del óbito. Cuando era un niño, un niño inocente y timorato como un ángel, estaba en un tren de moqueta y sueño. Y en la boca de una chimenea con un orificio no muy grande y ni demasiado pequeño. El tamaño justo para la trampa, una niña me dijo: —ven y mira por aquí. Señalándome al agujero, y ella, vengativamente sedienta me escupió en la cara. Sentí por aquel entonces una traición que me descompuso el alma, el espíritu, todo. Mi madre regañó a la niña. Estábamos en la consulta del pediatra. No se podía hacer demasiado ruido. La madre se enzarzó con mi madre en una discusión, mi madre le dijo: —Señora, su hija ha escupido a mi hijo en la cara. Y la madre de la niña le dijo: —Son solo niños, es una broma. Mi madre miró a la mujer con odio y silencio obligado, no por la madre, sino por mí. La inocencia es algo infravalorado. Quizá sea esa escena, la del matrimonio entre el cielo y el infierno. El infierno, ¿es inocencia o está resabiado? La inocencia de los niños que los devora la calle. Juegan en la calle con hormigas cabezonas y les quitan sus antenas. Y luchan entre ellas sin el sentido de la telepatía del insecto. Este país es mås africano que europeo. Sólo tienes que ver sus hormigas. Sus hormigas como las de la mano en El perro andaluz de Buñuel. La verdadera tragicomedia de la inocencia es que abusa la resabiada noche empujando a los niños sacando su lengua borrachos de odio.

El mundo está a tiempo de solucionar problemas ecológicos, económicos y politicos. Pero qué es la sustancia con la cual se nutre nuestro tedio y cansancio. El día a día es una lucha sin tregua. Cada día se abre un frente nuevo. Pero pienso, sinceramente, que a pesar de nuestros pesares el hombre puede empezar a tener humanidad, conmiseración con los demás, y como creen los budistas, compasión. La compasión es un medio muy sugestivo de afrontar la vida sin culpas ni regomellos. Dormir tranquilo, con la seguridad de que no le has hecho daño a nadie. Tratar de convivir en armonía, y lo más importante, vivir en paz. Los problemas económicos se pueden solventar, pero perder un día sin el amor, el amor De Dios, el amor al prójimo, a tus hermanos, a tus padres, a la familia. Tener familia hoy en día es un lujo que compartimos con mucho agrado, ya que en un futuro no sabemos cómo vamos a terminar. Puede que cuando falten los progenitores se acabe la familia. La vida cambia, da giros bruscos, los cambios de la vida son impredecibles, da muchas vueltas la tierra. No quiero ir de hippie de tres al cuarto, con el rollo ese de seamos amor, con el tema de lo que nos separa y nos asemeja. No pienso hablar ahora de nada lamentable. Las cosas se pueden poner difíciles, pero siempre hay un roto para un descosido. Podemos creer en estos días religiosos que la vida no es rezar y ya se acabaron los dolores. La vida lo que sí nos asegura es que casi todos acabamos mal. Pero la vida tiene que ser una aventura interesante. No hay que perder la apetencia por vivir. Mejor vivir que lamentar. Temer la vida es simplemente prudencia.

La Semana Santa es a veces un asunto de mera teatralidad e hipocresía en la que yo particularmente no creo, sobre todo en lo que concierne al ser humano como parte de una santidad de la que carece. Y en eso me incluyo. Es la mórbida flema del asco, es hipocresía sin ninguna santidad ni conmiseración y mucho menos compasión con el prójimo. Es algo similar a la Navidad. Pero no hay que llevar la cosa a extremos irreligiosos y redundantes donde se peca de poca humanidad. Sin duda la santidad se la atribuimos a los ídolos, pero sin embargo nosotros, olvidamos la religiosidad por una beatería sin fundamento y con poca credibilidad, ya que ni nosotros le damos crédito. La Semana Santa es una escenificación y también un testimonio de las aberraciones acaecidas en la Biblia, como verdadera Pasión. ¿Somos lo que creemos o lo que fingimos creer? La verdad es que la religión es como un pensamiento que el ser humano se autoinculcado. Necesita de alguna presencia en la que creer porque está solo y abandonado. Conmiseración con el prójimo no tiene. Compasión tampoco. Decía Dante Alighieri que para ir al cielo tienes que pasar por el infierno. El infierno es evidente que está en la tierra, quizá también el reino de los cielos. Lo que es seguro es que beatifición y consagración sea algo verdadero, pero es mucho más que entregar tu vida al prójimo y al Dios de los hombres. Es comprobar la risa déspota de los miserables, de los desagradecidos, de la envidia, de tantos y tantos pecados que los hombres como criaturas solitarias y en guerra con nosotros mismos, llevamos a cabo de la manera más deliberada y sin ningún remordimiento. No se salva ni Dios. Debe haber algo en este mundo santo. Debe haber santidad en alguna parte de esta tierra. Porque el odio que nos tengamos, y en otros momentos el disfrute de la familia y amigos, es un acto de amor, tal y como se cita en la Biblia. Ser ateo y agnóstico o hereje es un acto de amor a la humanidad, aunque se niegue la presencia divina. Pero la verbigracia de la palabra De Dios, de los beatificados, Los Santos, son pruebas de que el hombre puede tener la humanidad que Dios nos ofrece. El amor, la santidad, es una forma de autoestima sincera.