Posted on 7:23

Si algo ha conseguido que me vuelque en este blog es quererme un poco más de lo que antes me quería. La vida sin escritura para mí carecería de sentido. Hay mucho ruido y postureo en las redes sociales, pero es una vanidad totalmente edulcorada a mi parecer. Sin ser petulante, se puede crear con fines terapéuticos, pero nunca, y digo bien, nunca, por la vanidad insípida y sin materia de la que muchos mastican su egocentrismo en una red social. Es mero postureo. Ciertas veces necesarias. Cuando tienes lejos a la familia y a seres queridos, son un bálsamo para este tipo de personas. La soledad es muy mala compañera. Aunque a veces se necesite. Yo no concibo una vida sin escritura. Sin el hecho de mantener un lenguaje conmigo mismo y que me sirva terapéuticamente reparador. Pero puedo corregir el texto, pero no puedo leerlo más de dos o tres veces seguidas. A veces me duele lo que escribo. Y me duele porque intento ser sincero con lo que digo. Cada escrito es un sol que me evade y me hace cómplice del hipotético lector que pudiese tener. Muchas personas necesitamos la escritura para dar coherencia a nuestro caos diario, que a veces te juega malas pasadas. No me gusta ir de erudito porque no lo soy. Pero la lectura y la escritura, la lectura cuando estoy en paz y tranquilo, es algo a lo que no pienso renunciar en vida relativamente cuerda. Todo lenguaje comienza con una idea que tiene que ser fértil, y en armonía con aquello con los que se pretende mantener un lazo de unión mediante las palabras. Pronto saldrá el número 20º de Nevando en la Guinea. Y para mí, no sé si acertada o equivocadamente es un modo de expresión, que yo, junto con dos amigos, llevamos a cabo. Ejercer el acto de la escritura, y suena a tópico, es un acto de gran responsabilidad. Yo lo recomiendo a aquellas personas que se sientan solas o excluidas de la sociedad muchas veces anodina y estéril. En salud mental la recomiendo con gran efusividad. A mí me ayuda bastante. Aunque a veces caiga en la torpeza de mi propio existencialismo vertical y ridículamente inservible. La escritura tiene una singularidad con los lectores, y es que es una comunicación verdaderamente práctica. Es algo que muchos lo comprenderán de manera evidente.
Hoy me fumamaría un paquete, o tal vez dos. Pero no lo hago porque decepcionaría a algunas personas. Y porque me quiero. Me quiero un poco, tampoco tengo demasiado ego. Pero si no decepcionara a gente me fumaba gustoso un paquete de tabaco. El tabaco dentro de la literatura y en el arte en especial tiene cierta influencia como característica del artista singular y con cierto atractivo. Yo cuando veo una película y veo a gente que fuma me dan ciertas ganas de comprarme una cajetilla. Pero prefiero no hacerlo. Ya tengo una edad que es mejor que deje el tabaco. Cuando le diga a mi psiquiatra que llevo tres meses sin fumar se pondrá contento, y me dará ánimos positivistas. El tabaco tiene una particularidad con otras drogas que he probado. Y es que me gusta. Su sabor, sobre todo el mentolado, me fascina. Más bien me fascinaba. Y si no fuera porque daría un paso marcha atrás de gigante volvería a fumar y envolverme de humo molesto para tanta gente que lo odia. El tabaco es perjudicial; ayer viendo una película llamada Smoke de un guión en el que interviene Paul Auster y se puede ver en castellano por YouTube, casi todo el mundo fuma. Y en otra película llamada Wonder Boys (“chicos prodigiosos” traducida de mala manera en castellano). Aunque yo no sea ninguna lumbrera en inglés. En esta película se fuma mucho, y no sólo tabaco. En fin, que ejercer de fumador fue una locura que cometí con tan sólo doce años, precoz en el tabaquismo, y renegado tardío. Pero recaigo en el tópico de nunca es tarde si la dicha es buena.
Posted on 1:50

Nos quedan las librerías, nos quedan las películas americanas e independientes, nos queda Oliver Stone, nos quedan, por pco tiempo aún, los Rolling Stones, nos quedan las muchachachas folladeras, nos quedan los beneplácitos De la Iglesia, nos queda la yunta de bueyes que caminan a la par de los caminos, pero allí la vida es otra. Sí, es otra. Es otra la vida mientras ríe sarcásticamente. Mientras se ríe ácida como una fresa cáustica. Nos queda el silencio de los sindicalistas, nos queda la Francia revolucionaria, nos queda Paris era una fiesta, nos queda derrotar al nazismo, todavía, nos queda levantar a los negros y a los judíos del pozo de la esclavitud, nos queda estornudar a los pasmarotes, de broma, claro, nos queda existir medianamente en peligro, nos queda vivir aventuras en el Tíbet, nos queda mear sentados como machos y nos queda mear en las torres de tensión, pero allí la vida es otra, es una vida totalmente clandestina y al borde de las leyes formales, allí la vida es otra, sí, no es aburrida, no es muerte porque la muerte solo existe en las películas de Alfred Hitchcock, nos queda volar más alto que el cuco, nos queda partir candados con los dientes, nos queda el azúcar, la sal, los carbohidratos, y nos queda disimular que aquí aún no ha pasado nada todavía.


Esta vida tiene un lamento perpetuo en los promontorios que se hunden en la bancarrota de la mar cansada. Las bahías no pretenden que nadie las cruce a nado, sin embargo, el lamento es tan acuciante que los días se convierten en plegarias que reparten la hojarasca entre el verano y el otoño, y nada, absolutamente nada, es justo si el dolor se repite dos veces. Porque repetir un dolor dos veces es naufragar para el hundimiento. La injusticia es tan absoluta a ratos que no podemos seguir respirando oxígeno. Y respiramos un aire sólido como un obituario de desastre que se solidifica como las bocanadas de hierro de candados que se atragantan calientes. La angustia es tan pesada como un camino descalzo por la vida. No volveremos a ser felices del todo de un pasado hasta acá. Volveremos la vista atrás y nos dolerá el escenario de negrura que dejamos postrado en el recuerdo. La injusticia es absoluta, pero más absoluta es la muerte de campanas delirantes que no nos compadece. Porque la miseria es un remilgado sollozo de plomo desgarrador que te asola y te quita el magin de por vida. Un delito sin tregua es la muerte que nos persigue. Nos quemamos las vísceras y las carnes y no hay un nuevo sol que dignifique y todo es sombra en la oscura melancolía de la nostalgia fría. Todo vuelve a repetirse, cinco, diez, cien, mil veces. Todo vuelve a edificarse como naipes en la ventisca y se desmoronan todos de una manera tan fácil que los pensamientos duelen de miedo febril. La soledad no es un plato de buen guiso, ni de buen degustador. No hay quien pruebe la sopa gris espesa de la muerte en los prolegómenos de la vida que para todos arrasa.

Hay momentos en los que la poesía te manda sus destellos y entonces es el momento de la realización. Del sagrado orden de la palabra y de la poesía en toda su crudeza. Cuando la poesía está de tu parte se amontonan las palabras y las metáforas y las formas poéticas aparecen como exigentes protagonistas del verdadero sentido de la coherencia luminosa. Cuando la poesía está de tu parte todas las cosas también lo están, y la lógica poética se embelesa de misterio y de atrayente belleza plástica. Porque la poesía también es imagen y la imagen es poesía. Todo, cuando la poesía te llama, adquiere un sentido de mística en la rebelde manera de ser ejecutor del enigma poético. Todo se ilumina de una luz que puede ser angustia, sutileza, ironía y hermosura. La poesía rimada tiene una resonancia musical que a veces se repite cacofónicamente pero otras es un ensamblaje de estilo sonoro distinto. La música de las palabras existe. La musicalidad del inicio del Quijote, la galaxia certera de La metamorfosis de Kafka, la elegancia precisa con la que comienza Cien años de soledad. Señalar con las manos para nombrar cosas sin nombre ni palabras es el verdadero sentido del lenguaje por antonomasia. La verdadera razón por la que escribimos es porque tenemos necesidad de una explicación hacia tanto caos en los silencios o en las resonantes bofetadas que nos da la vida. Todo es evidente dentro de la poesía y también todo lo contrario. Es verdadero deleite agudo.

Por fuera soy casi blanco, y adentro, en mis adentros, tan negro... Tan negro que me corroe la sangre en un estremecido escalofrío que suda heladas ensoñaciones marchitas. Mi vértigo mira desde la cima de los puentes. Y cabizbajo sonrío a la plañidera. A la vieja plañidera toda seria, que sabe de mí ruina cuarteada, me niega la sonrisa con un gesto de desaprobación. Yo no soy blanco del todo, ni soy cristiano viejo, aunque tengo la escala de los latidos igual que un escocés errante. Yo no me pongo camisas de franela porque me pican en las casualidades. La heladería calentorra se derrite de orgullo congelado. Los chicles se reblandecen como salivajos de baba en verano. Las cáscaras de pipas en el suelo y los kikos que se mezclan con los gusanillos de maíz y esa es la costumbre que adopté de los limones del amarillo al verde. Del verde al azul. Y del azul al negro. Tengo miedo al vértigo de las calles y las plazuelas. Me atormentan los reflejos de los cristales en los escaparates. Soy un poeta ungido en el agrio de los lactantes eructos que anuncian la melodía extinta de los secretos nocturnos. Una vez tuve unos cuentos resumidos de clásicos libritos de iniciación al desasosiego. No me atrevía a leerlos. Porque resumían la verdad a medias de los dedos que acarician el secreto mortecino de los pecados del duelo mojado. No quiero ser de mantequilla, tampoco quiero ser amapola colorada, quiero ser hierro de colado fuego candente. Quiero ser sacrosanta bendición sin quererlo. Quiero presagiar la noche y verla en un clima de tortuoso calor de fiebre rojiza. Un préstamo al cielo me proyecta como un sol, pequeño de negrura. Soy la voluntad apagada de las volteretas a cierta edad ya madura. Parten la espalda y se reñían los arrumacos ciegos en el latente sexo de tu púrpura carne. Un olor a hembra y yegua salvaje me enamora por entero. Y erecto como un caracol completo soñaba con tu almizcle de mujer penetrada.

Pienso que a alguien consolarán mis palabras impresas en esta web. Pienso en esos abandonados por la mano De Dios, y que sus familiares los dieron por perdidos. Niños perdidos que un día fueron sanos. Sacar del valle de la oscuridad no es difícil. Sólo basta con quererlo. No pretendo dar una de cal y otra de arena. Pretendo ser consecuente y dar voz a aquellos que no tienen voz. Que entre delirio y fracaso rotundo perdieron la suerte, la fe y la esperanza. Arrinconados niños en los sanatorios y los manicomios de todo el mundo. A alguien servirán mis palabras sinceras. Los arrebatados de cordura y coherencia son unos nadies que deambulan como ángeles del delirante preámbulo y vida presente de olvido desposeídos de cariño, calor humano, y amor. Digo bien, amor. Porque todos tenemos derecho a amar. Pienso en los locos de Alepo en Siria. Enfermos desposeídos de la misericordia de los pueblos, y del medicamento sagradamente necesario. Comprendo que mayormente las víctimas más numerosas sean aquellas que ven el mundo correr y caminar paso a paso. Es más fácil un loco que conoce, al que desconoce la realidad del mundo. Pienso que a alguien valdrán estas palabras de misericordia ciega. Con miedo, sí. Pero alguien tiene que decirlas. Decir la verdad de la vida oscura en los rincones olvidados del mundo. No soy un salvador, un mesías, ni profetizo nada. Soy un poeta de la calle. Aprendí en la calle y en las canciones la verdad de la vida. A alguien tiene que valer este consuelo que ofrezco al carente de equilibrio. Al desheredado del mundo para siempre. Cientos de niños transitan por los callejones y pasillos del grito del atado a la cama, del perdedor de mañanas y futuros, del nadie entre los nadies. Porque hay algo más grave que la pobreza y el hambre. Hay una miseria emocional nociva en los corazones solitarios y alejados del mundo de los cuerdos. Porque la cordura es mentira. Vamos de rodillas haciéndonos el daño que para nosotros no queremos y buscamos ebrios de soledad una paz que se proclama como guerra diminuta. Tenemos la facilidad de ser humanos. A alguien servirán estas palabras que digo con el corazón en mis manos. Creo en la humanidad del ser humano. Creo en la evidente causalidad de los hombres corrientes y de sus trasiegos de ruidos y palabras casi desdentadas.