Hay momentos que son de un tedio angustioso del que solamente podemos hacer frente con paciencia y resignación. La vida ofrece toda clase de variedades de sensaciones y desequilibrios repletos de momentos lentos y aburridos. Las personas somos como monigotes a la deriva de los momentos infelices y los momentos verdaderamente satisfactorios. Hay tres placeres verdaderos en la vida, luego están las cosas sencillas de las que también se goza. Estos placeres son el sexo, dormir y comer. Pienso sinceramente que el universo debiera tener acceso, si no al sexo, al menos a los otros dos. A veces te sueles enfrentar a un agobio producido por frustraciones, ya sean económicas, amorosas, o de salud. No es agobio, qué digo, es una derrota tan severamente angustiante que pasas por contagiar al personal. El verdadero sufrimiento en la vida es la muerte de un ser querido. Para eso no hay consuelo, aunque te den calor las amistades y la familia. Pero los verdaderos momentos de tedio son algo por lo que todos frecuentamos de alguna manera. A veces más y otras en menor medida, pero es algo impreso en el ADN existencial. No todo son alegrías y celebraciones.
Correr quisiera y abandonarlo todo por un suspiro caliente. Tengo la duda tan resabiada que no soy ni sabio ni inocente. Soy algo que redunda en el menoscabo a propósito de las palabras. Correr quisiera. Irme a los montes e irme a los campos a revolcarme por la hierba fresca. Quisiera correr pero sin salir huyendo. Quisiera marcharme de esta esclavitud de tercera comida diaria. Una cena en la que yo soy un comensal, el único, el solitario. El que le pica el ombligo cuando frecuenta los desaires del hijo. Busco un silencio que no me pertenece. Creo decir una plegaria rota de esquinas y fragmentada en la raíz del silencio de acero. No quiero volver a pensar en mí. Irme quisiera y abandonarlo todo de una vez por todas. Abandonarme a la suerte de los dados o de las quinielas que con cruces se alternan en un resultado de deportividad y guerrilla en una paz diminuta. No quiero coger promesas con mis manos, no quiero trajinar reproches en la visita de mis fantasmas. Yo prefiero caminar vestido pero mi desnudez es elegida. No puedo reprochársela a nadie. Porque es fría la mortaja del hombre que muere solo.
Es esencial leer a Gabriel Zaid y su libro El secreto de la fama para confraternizar con el autor. La fama es algo tan efímero que nos llega la soberbia y acabamos por no ser nada. Hay muchos poetas y escritores que aspiran a la fama a toda costa. Otros quieren hacerse ricos. Y yo me río de estos dos casos, porque la literatura es un oficio de pobres. Y aquellos que llegan a ser ricos son aquellos que han recibido dádivas de mandatarios y gerifaltes. Yo no puedo presentar mis libros, no puedo hablar en público, no soy afín a los actos literarios. Yo creo que jamás daría una conferencia. No soy un gran orador, no tengo don de gentes, y no soy ni culto ni mucho menos un intelectual. Soy aficionado a los libros y escribo porque me ayudan psíquicamente. No pretendo ser famoso, que me saluden por la calle. Tengo miedo escénico y una misantropía de la que carezco de cura. Pero hay buenos escritores que tampoco fueron escritores de televisión y de masas seguidoras. Un escritor debe ser una perfecta conexión donde haya transmisor que necesita de un lector, que sea receptor y tengan juntos un lenguaje en paralelismo totalmente literario, apartado de discursos estériles, y exquisiteces ridículas repletas de vanidad, de presentaciones donde uno sí no las ofrece no pone a nadie en compromiso para vender libros. Después hay que ser auténtico. Se debe ejercer como escritor apartado, respeto a aquellos que acuden a muchos actos sociales y cenáculos literarios, pero yo no valgo para eso. Carezco de oralidad. No quiero fama ni gloria, me conformo con un sincero reconocimiento de mis amigos y familiares. Conozco gente que pretende hacerse millonaria. Es lo más estúpidamente inverosímil y algo imposible. En esta vida se debe ser humilde, aunque un poco o mucha ambición literaria es importante, pero la fama y la riqueza no tiene ninguna explicación coherente de cómo se consiguen estas parcelas de la vida literaria. Aunque te esfuerces fehacientemente la literatura es un medio donde nadie perdura. Sólo los escritores y poetas y gente culta lee libros. También están los coleccionistas. Pero el mundo literario es fracaso tras fracaso. Se es famoso de éxito literario en los momentos que dispones de don de gentes, eres extrovertido, eres locuaz, y ansías vanidad, también ser buen orador ante el público. Cada cual es libre al querer estas martingalas anodinas, otras cosas son verdaderamente más interesantes.
Reniego de la ley de vida. Porque mueren los jóvenes hermosos mientras que los malos son longevos y llevan al cadalso a criaturas repletas de juventud. Reniego de la ley de vida, porque no hay cosa más injusta que la ley de vida. Nos acompaña mientras vivimos y con el dolor en nuestras carnes vemos a ancianos morirse en la ley de vida, aunque sé que la vida duele, pero la ley de vida es sólo muerte. Porque esa ley sólo tiene un camino. El silencio de los cementerios, aquellos que causan una pena reverente, porque todos pasamos por eso. Es ley de vida. Esperamos el milagro que nos dará la resurrección en el embustero cielo que nadie ha visto, y nunca nadie ha regresado. Cuando muere alguien el vacío es inmenso. La solemnidad triste es el silencio del cementerio que nos espera, cada uno en nicho, cada panteón familiar ocupado. Pero no todo es tragedía. Está el calor de las alegres compañías, los bares en ocasiones de opulencia económica. Están las vacaciones, las navidades, los cumpleaños. Pero siempre nos quejamos de la trivialidad de todo eso. A todo le ponemos pegas. La vida es estupendamente magnífica.
Sabes mis secretos porque los esperas. Conoces mis argumentos porque los has vivido en otras personas, que como yo, redundaron en la misma piedra en la que todos tropiezan. Resististé al fugaz elemento de las contradicciones porque dabas por hecho todas las certezas. Te guarecías tras mi inocencia porque los capítulos de la vida no se pueden eludir bajo ningún concepto. Te hacías llamar erudito porque te venía grande la chaqueta del silencio en los ecos. No me esperabas, pero me intuías, no me intuías, pero aguardabas, no me aguardabas pero sabías el final de todo esto. No quiero ser yermo espectáculo de risas y burlas, sin embargo, lo he sido tantas veces que ya no me asombra nada. No quiero prescindir de mi paz, y he temblado de miedo en los umbrales de los portales, pero todavía te espero como un tonto en la ignorancia ciega de las latitudes extremas. Sé que eres mejor que yo, no me digas que nadie es peor que nadie, eres una esperanza que tengo en mi suspiro, pero a veces he sido el rey mendigo del mundo y no me preocupó serlo. Tengo latidos que hago canción para que me digas este significado de esta melodía. No quiero pensar demasiado en la gran verdad del mundo pero he visto las entrañas de este planeta en tu mirada de asombro. He sido digno de temores, he sido víctima de sin sabores, y he sido pesada presencia en el letargo del lánguido pasadizo. Pero no conozco nada más que lo que me han cantado las canciones en una llamarada de escalofrío. Soy haragán, pero todavía guardo limpieza en la pureza de mis esperanzas que no quiero perder. No soy traicionero pero he sido traicionado por el desorden natural del universo. No creo en nadie, pero a los que quiero sólo están de vuelta a casa.
Quisiera ayudarte como el que te salva de un abismo irremediable. Ayudarte en la paz y en la guerra, en la invasión de prejuicios que te mortifican la sangre. Quisiera ayudarte porque mereces ayuda de la que yo te puedo ofrecer, y si te la diera sería un hombre completo. Quisiera evaporar como gases los malentendidos y los escarnios que no nos hacen bien a nadie. Quisiera poder mirarte con la quietud tranquila de un árbol imponente y hermoso. Ayudarte lleno de alegría, que mi alegría te ayudase y ser hermanos que se abrazan en el reencuentro y omitir el recuerdo oscuro del frío oprobio y de la palabra maltrecha. Ser coherente, pertinaz y darte mi mano en la derrota, en el duelo y en la flor marchitada. Que las ilusiones nos renazcan como semillas repletas de efervescente felicidad amarradas a las cinturas de nuestros sueños. Ser por ejemplo, un amigo que te entrega el alma sin reproche ni vanidad, ser por ejemplo, enemigo del silencio sucio de lamento y negritud de las cosas que duelen. Quisiera ayudarte, al menos, en algún momento que lo necesites. Ser una mano que se entrega a tu paso y, recíproca de cariño, volvernos a mirar con inocente preludio de las cosas que valen la pena. Ayudarte de por vida. Sin interés económico, sin interés material, sin argucia, con la lástima de una compasión de lágrima azul y fresca de juventud. Quisiera poder ayudarte porque en el horizonte el cielo y el mar se aman. Porque las noches y los días no deberían ser más miedo para los restos de la vida. Pienso que así debe ser la verdadera ayuda. La que proviene De Dios, y que redime de verdadera calor triunfante de un clima templado. Quisiera ayudarte. Tú también a mí.