He estado tres meses sin escribir ni una sola palabra en este blog/bitácora. Bueno sí, he escrito los enlaces pertinentes de la Revista Nevando en la Guinea, lo de cada mes pero sin escribir nada sobre mi estado de ánimo en forma de diario autocrítico. La verdad es que me he llevado tal chasco de la vida que me ha dejado sin palabras, y eso que la vida suele darme palos de todo tipo, pero esta vez la cosa ha repercutido sobre mi familia, y eso me resulta insoportable por lo injusto del tema. Pero allá cada uno con su conciencia, yo puedo dormir a pata suelta, que tengo la firme convicción que no he hecho ningún daño a nadie. A veces quedarse sin palabras es lo idóneo, ya que para decir tonterías ya está la televisión, o la gente vulgar, que siempre de eso hay. A veces lo que se dice sin pensar, o lo que se dice para exagerar o darse importancia, dice mucho de las raíces de nuestra más profunda identidad familiar. Yo provengo de familia obrera y resido en un barrio obrero, con lo cual, a veces se me escapa el "yo cabrero" que tengo adentro. Resulta muy identificable la actitud vulgar que llevamos dentro muchas veces cuando decimos lo que no pensamos, o actuamos por mero instinto. Aunque es aliviador que a veces, pensándolo y todo, sale de nosotros el cavernícola extremo que es parte de nuestro ADN. Cuando dicen que venimos del mono pienso que qué razón tiene el que lo dijo primero. Darwin dio con la piedra angular de todo el comportamiento primitivo que define totalmente al hombre. Hay muchas personas que se sienten orgullosas de su vulgaridad. Sobretodo cuando mete aparatos reproductores y sexuales allí donde se come con asiduidad. Por ejemplo, ponerle a una brasería de pollos como nombre Brasería El Pollón es lo más vulgar que he oído en la vida. Pues bien, esa clase de gente existe y de ello se sienten orgullosos. La identidad que nos define es la raíz de nuestra educación, y muchas veces esa identidad en vez de raíz resulta ser un hueso ya roído. La identidad de las personas se muestra irremediablemente cuando damos cabida a nuestros más bajos instintos. Por eso que somos animales, y por eso que tenemos que ponernos bajo una autocrítica constante, por que no sabemos que lo animal es el lado donde radican nuestros errores como personas.
Hoy, día 05-06-2011, se han celebrado elecciones presidenciales en Perú. Perú es un país con un índice de crecimiento de casi un 8%. Cosa realmente asombrosa si lo comparamos con sus índices de pobreza. Como resultado a estas elecciones ha ganado el comandante y ya postulante (en la legislatura pasada) Ollanta Humala. Ollanta tiene miras a una política de izquierdas, cosa que le ha dado cierto aire de sospechoso acusándole de simpatizar con el "chavismo". Esto no es malo, a diferencia de la otra candidata (Keiko Fujimori) que si no ella, si su padre, están en la cárcel por delitos contra lesa humanidad y -cómo no- por corrupción. La primera vez que fui a Perú, a mí por español, me acusó una mujer de ser culpable o perteneciente a una nación que les robó el oro al Perú. Esto no tendría fundamento si no contase que siete años después yo descubriría quien tiene el dichoso oro. Bien, el oro lo tiene (señora ignorante) un señor llamado Roque Benavides. Peruano, individuo de derechas e individuo amurallado a toda la realidad que está viviendo el Perú. Una realidad que vive en el Perú es el horror que produce, aún todavía, la palabra cholo. Palabra que quien la dice despectivamente es esa élite blanqueada y amurallada que vive alejada de la realidad de un pueblo. Mientras que veía el informativo anunciando la victoria de Ollanta Humala, salió una señora que decía:- Viva Humala, que haga lo que prometió, que nos devuelvan la dignidad como país. Eso es lo que necesita Perú, que le devuelvan esa dignidad que va buscando, por que, como pasa en todos los países de Latino- América, son países ricos, con altos índices de crecimiento, con grandes materias primas, trabajadores, pero con la dignidad sesgada y ofrecida al que más dinero dé.